Tu olor. Tu aroma. Tan perfecto, único, inolvidable. Tan certero cuando se trata de atravesar mi corazón, embriagarme hasta perder la consciencia. Y tus besos, sí. Tus besos causan adicción. Tus besos me enceguecen, me dejan inmóvil, a la espera de que me nazcan alas y comience a volar. Y soy adicta, sí. También lo soy a tu sexo. Adicta a tu cuerpo sobre el mío. Adicta a tenerte en mí, respirándome en el oído. Adicta a mirarte a los ojos, mirar tu cara, tus gestos, tus manos. Y cierro los ojos y te siento apretarme, te siento acariciarme, siento que me hacés tuya. Soy tuya y vos sos mío. Soy tan tuya y vos tan mío. Somos dos. Y nuestro olor, nuestro aroma, cada vez que nos unimos. Ya no es el tuyo o el mío, es uno en común. De los dos. Perfecto, único e inolvidable. En cada centímetro de nuestra piel. 

No procuro explicar lo que siento. No puedo decir cómo me siento hoy. Cómo me vengo sintiendo hace días. Quisiera decir "plena", "llena", "íntegra", "entera", "infinita"... ¿La realidad? Es insuficiente. Me siento amada, sí. Pero, ¿cómo explicarlo? Es más que plenitud. Va más allá. No sólo estoy plena yo: mi alrededor se volvió perfecto. El sol ilumina más desde que sus ojos brillan. Las nubes no parecen existir si su mano me sujeta. No hay miedos ni temores. Me siento tan completa, se siente todo tan completo. Como si cada pieza encajara en su lugar. Como si la tierra floreciera cuando sus brazos me rodean.
"Nunca me sueltes." mencioné.
"Jamás." respondió.

Y así será en el infinito.

7

Siete meses desde el día en que mi vida cambió por completo. Siete meses desde el día que te conocí y supe que te amaba desde el primer momento. Siete meses de sentirte en mí cada día.
Hace siete meses me cuidás el alma. Me la besas despacio hasta que se borran todos los miedos. Me susurrás en el oído lo que sentís y sé que nunca va a terminarse.
Es inacabable.
Es infinito.
Es nuestro.
Desde hace siete meses y para siempre.




         "―Sin pesadillas.― dice.
          ―Sin pesadillas.― confirmo. ―¿Tú?
          ―Ninguna.
          Había olvidado cómo se siente una noche de sueño de verdad."



Los Juegos del Hambre: En Llamas

¿reencuentro?

Las ansias me invaden,
me consumen,
me enloquecen.
Me sacan de mis casillas
esos numeritos
avanzando lentamente.
No aguanto más
el paso del tiempo.
Necesito que pase,
necesito que llegue,
lo necesito,
lo necesito a él.
Necesito porque dependo
y dependo porque amo.
Amor intenso y desquiciado
que me rompe las entrañas
tratando de emerger.
Amor eterno, descontrolado,
expresándose en todas sus formas
deseando corresponderse
eternamente, en la eternidad.
Desea con fuerzas,
como si una soga saliera
del medio de mi pecho
y lo amarrara suavemente
con burbujas y colores,
trayéndolo hasta mí.
Y llega y me besa
me besa como nunca antes,
y me toca y me despeina,
y me toca y me desespera,
porque mis manos no son suficientes.
Por eso lo toco
con mi cuerpo entero,
no sólo mis manos,
mi boca, mis brazos, mis piernas.
Mi pecho con tu pecho.
Tu cuerpo sobre el mío.
Amándonos de nuevo,
como jamás hubiese imaginado
que se podía amar.

hoy

Hoy es el día. Hoy ya estoy en mi casa. Volví a mi hogar.
Sí, estaba en mi casa también. Mi casa que antes era mi lugar más importante. Mi lugar favorito.
Pero un día descubrí que ese no era mi lugar en el mundo. Que no pertenecía más allí.
Porque un día me enamoré. Y a las semanas, comencé a amar. Y meses y meses, aprendiendo a amar más y más.
Me enamoré de alguien. No de un lugar. Ni de un sitio en especial. Ni de un paisaje, ni de la gente.
Me enamoré de una persona. Aprendí a amarla y a sentirla mía, sentirme de él.
Amé como nunca había amado antes. Amé con el alma, el cuerpo, la voz, el pensamiento, el corazón. Con mis dedos, con mi fuerza más intensa.
Amé y sigo amando y seguiré amando. Amé y elegí, amé y decidí: di, entregué, aposté esperando ganar.
Gané. Ganamos. Salimos ganando los dos.
Amé y pertenecí a tu lugar: descubrí que mi lugar era donde sea que te encuentres, siempre que permanezca a tu lado.
Nos volvimos a poner en juego esta vez, difícil, casi insoportable. Pero fue una prueba importante que dio la pauta de la grandeza, la pureza, la madurez del amor.
Ganamos otra vez. Ganamos de nuevo porque el amor vive aún. Vive con más necesidad y dependencia, pero con más ganas, con más fuerza.
Se termina el extrañar, se termina temblar, temer, y llorar.
Otra vez en tus brazos. De vuelta, como siempre debí haber estado. 

Día 38... final.

Faltan horas. Hasta podría calcularse en minutos, que al fin, por una vez, no estaría hablando de un número que simula ser tan interminable. Minutos para volver realidad todas esas conversaciones que hablaban de todo lo que nos desesperábamos por vivir, de los momentos que tanto se hacían desear. Volver a lo real, dejar de imaginar, de recrear en la mente las imágenes de los dos que tan bien sabíamos describir, que tan bien sabíamos plasmar a través de las palabras. Volver a lo real, al calor y al roce, a tocarnos, besarnos, y amarnos de la forma más intensa que podemos: uniéndonos los dos, en cada mimo, en cada caricia, sintiéndonos de una vez, mirándonos a los ojos y diciéndonos "te amo" sin necesidad de hablar. Hacerte mío, hacerme tuya, ambos nuestros, sin que existan terceros, sin que existan miedos, ni temor al futuro, ni dudar de lo que vendrá. Porque allí, en tus brazos, encuentro toda la seguridad que necesito para creer en mí, en vos, en nosotros. Para creer en que el amor existe y no hay forma de que se destruya, porque es eterno, perenne, inagotable. Porque viene del alma, de lo más profundo y sincero del ser. Se imprimió en la esencia, marcándonos para siempre.

Día 37

No aguanto la tentación,
no resisto las ganas.
Me hierve la sangre;
se me funden mil recuerdos
con imágenes nuevas
inventadas por palabras.
Palabras que llegan
para desatar el fuego,
la furia interna,
esta pasión sin cota,
inextinguible.
Te veo mirarme en mi cabeza;
jamás nadie me miró
de una forma tan especial.
Me observás y hago lo mismo
mientras te desnudo con la mirada.
Se me va de las manos
y cierro los ojos
mientras la piel se me eriza
de pensar en tus brazos,
en tus manos tocando,
en tu boca, besándome.
Y ahora te estoy tocando,
desnudándote realmente,
haciendo contacto otra vez
piel con piel,
fusionándose los aromas.
Me mezclo con vos,
con tu calidez y con tu olor,
me entrego a tu alma
de lleno, por completo.
Soy tuya para siempre,
soy tuya sin complejos.
Entera, cada parte, mi todo.
Todo es para vos.



Día 36

Y que nadie se le ocurra decirme
que no puedo creer en el amor,
que el amor a primera vista no existe,
ni existe el amor sincero,
ni existe la fidelidad,
ni el deseo de lo eterno.
Que nadie se atreva a decirme
que estoy errada o equivocada,
porque nadie siente lo que siento,
aún aquí, aún tan alejada,
aún tan dañada después de este tiempo
alejada de esa piel
esa piel tan especial
que derrama su perfume en el aire
regalándome felicidad.
No olvido su perfume,
ni su calor, ni su movimiento,
jamás olvido sus roces,
los recuerdo todo el tiempo:
las caricias y los besos,
las charlas sobre sueños,
creándose un proyecto
de a dos, entre nosotros.
Así que, que nadie me desafíe
porque no saben lo que hay
dentro mío, en mi pecho,
cada vez que te pienso.
Es como una revolución,
como una llama inextinguible,
una sensación de saciedad,
de estar llena de vos,
pero a la vez querer vaciarme
para entregártelo todo.
Y recibir tu respuesta,
proveniente de tu amor,
y volver a llenarme,
volver a ser yo, plena,
con vos.

―Yo no me voy a rendir aunque tropieces.
―Tirarse al suelo y tropezar, son cosas distintas.
―Aunque te tires al suelo. No me interesa. Te amo, en las buenas y en las malas. Cuanto más insistas, más voy a levantarte. Y un día me voy a cansar y me voy a tirar primero para que caigas sobre mí en vez de sobre el frío suelo.
―Lo importante va a ser que me quede con vos rodando en el suelo y que no me vaya en otra dirección. Te amo. Y sos el cable que me mantiene con los pies en la tierra, en todos los sentidos que seas capaz de encontrar.
―Nunca te voy a soltar las manos. No te sujeto una. Te sujeto las dos. Nuestras vidas no se juntaron por casualidad. Esto no es casual. Esto iba a ser así desde el principio.
―Deberían habernos juntado antes...

hace 36 días

Hace 36 días que no beso a nadie. Que preciso un abrazo que, por ahora, no va a llegar. Que los abrazos que recibo son insulsos, vacíos, sin efecto alguno. No siento nada más que frío. 36 días de asustarme cada noche cuando las sábanas helaban. Pasaron 36 días de una felicidad de mentira, producto de la ilusión del reencuentro, que cada vez se hacía desear más. Días de llorar, extrañar. Días de descubrir la dependencia. La necesidad. Las ganas de un 'siempre' unidos, a tu lado, reales, ganas de regresar y aferrarme a tu cuerpo, no soltarte, embriagarme de vos. Mirarte sonreír, mirarte dormir, mirar tus gestos, tu dulzura, la pureza de tu cara. Mirarte feliz, sentirte feliz, hacerte feliz. Preciso eso, reencontrarte y recordarte quién soy. Que no me hayas olvidado, que no me hayas dejado. Que llegue esa noche, esta noche que tan cercana está, que me llena de ansias el cuerpo de la emoción de su llegada. Que llegue esa noche y abra mi puerta, te vea llegar, se me aflojen las piernas, te abrace con fuerza, te mire a los ojos, y comience a besarte aún con más emoción que si fuera la primera vez: con una pasión inmensa, con unas ganas de besarte eternamente, cada parte, cada sector, cada centímetro de tu cuerpo. Besarte, morderte, pasándote mi lengua, saboreándote, sintiéndote, enloqueciéndome. Amarte, no una noche entera sino eterna; que el reencuentro se vuelva interminable, indescriptible, inolvidable.

Quizá hayan similitudes, sí. Porque quizá el alma busca una forma determinada, cierto orden, ciertas características. Quizá su corazón me encontró hallando en mí cosas que también halló en la anterior. Pero eso no indica que todo sea igual. La diferencia está en que esto es amor. Del puro, del real, del que coloniza el alma para habitarla por siempre. "Siempre". Esa es la clave. Ahí radica la diferencia. Quizá haya semejanzas. ¿Y? ¿Significaría algún problema? Somos dos personas diferentes. Yo, claramente, soy yo. Él no es el mismo. Él cambió. Mucho, del todo, poco y nada... Pero cambió. Y es diferente al que era ayer.
Si ambos somos diferentes, si sentimos diferente, si amamos de verdad... ¿por qué el temor a que se repita la misma historia?

una dos tres cuatro cinco pastillitas que entran y entre cada una un trago de agua para bajarlas por la garganta y entran y siguen entrando y no hay vuelta porque ya entraron y no sabe provocarse un vómito no sabe vomitar y es cobarde para hacerlo de otra manera y quizá así puede revertirlo porque es cobarde y por eso lo intenta porque sino no sabe cómo enfrentar lo que sigue pero después se da cuenta de que no está peleando por lo que ama sólo lo deja morir y quiere dar vueltas las agujas y cinco cuatro tres dos uno y ninguna pastillita pero no puede no lo logra y corre al baño y no sale nada sólo es vacío no hay contenido y no puede más y pierde el equilibrio y se pregunta por qué y se choca contra el vidrio y se lastima la frente y un corte profundo se deja ver por debajo de su pelo y se ve la gota la sangre derramada que cae sobre su ojo ensangrentando su mirada y opaca el brillo que le quedaba para darle una apariencia mortífera desorientada deshecha rota desencontrada consciente de que su vida se está perdiendo pendiendo de un hilo derramandose en la bañera mientras gota a gota la sangre se genera para perderse por ese alcantarillado y no volver más a sus venas

Quisiera emborracharme y olvidarme de todo para despertar en tus brazos en un mundo diferente, sin que exista el dolor, el miedo, el paso del tiempo. Que la luz y la oscuridad convivan con armonía y no volvamos a temer cuando llegue la noche. Quisiera encontrarme con tus ojos en el medio del cielo para que iluminen la negrura, para que mi corazón vuelva a brillar, reflejando esos destellos que se prenden sin parar. Quisiera hallarte a la vuelta de una esquina y besarte en los labios, tan intenso, hasta alcanzar tu alma. Quisiera reencontrarte en el próximo segundo. Ahora, en este instante... tocándome... rozándome... haciéndome tuya.

Día 35

Se está terminando... es la recta final.
Dejar de esperar que pase la espera.
Dejar de esperar para que llegue
el momento que tanto esperamos.
Días esperando, algo cansados,
esperando, algo impacientes.
Pero siempre esperanzados.
Porque la espera era cruel,
pero sabíamos que al final
luego de que pase el tiempo
pasaría lo que esperábamos:
volver a encontrarnos,
esperándote yo,
esperándome vos.
Esperándonos, los dos,
porque valía la pena esperar
para volver a reunir estos cuerpos
que tanto se aman,
que aún amaron la espera
de saber que, luego de tanto esperar,
nos volveríamos a encontrar.

Hoy volví a llorar...

                                             Hoy volví a llorar. Estoy demasiado débil como para soportar el más mínimo golpe sin quebrarme de rodillas. Pido que pare pero caigo de nuevo y me raspo contra las piedras. Duele, sangra. Fue apenas un rasguño, ni siquiera iba dirigido a mí. Pero duele y sangra como nunca. Es producto del dolor acumulado, de la sangre derramada durante todo este tiempo. Producto de todos estos días que pasaron, que me volvieron pobre y desilusionada. Me robaron sueños, colores y risas. Me dejaron sólo las pesadillas, paisajes monocromáticos, muecas indiferentes. No soporto la espera y me lastimo de nuevo. No puedo aguantar más. Sí, aguanté tanto... Pero estas horas que quedan se hacen eternas. No pasan, no corren, no marchan. El tiempo se detiene, los segundos se estiran cada vez más. Y ¿qué hay de lo que se viene? ¿cómo vendrá, después de esto? ¿qué se aproxima? Algunas de tus palabras me animan pero siento que estamos débiles. Quizá sólo nos necesitamos. Quizá esta maldita soledad está presionando nuestra alma contra el corazón haciendo que los latidos pierdan la fuerza que poseen en cada uno de nuestros encuentros. Quizá sea hora de echarla, despedirse de ella y volver a recibirnos. Reencontrar nuestros cuerpos y volvernos fuertes otra vez. Recuperar los sueños, los colores y las risas. Olvidar las pesadillas, los paisajes monocromáticos, las muecas indiferentes. Sólo soportar la espera. No volver a lastimarme. Aguantar... y dejar de llorar.

Decidir por la soledad provoca dolor y se huele como traición cuando se prometió un 'juntos', 'unidos', 'de a dos'. Si existe un nosotros, la compañía de la soledad es engaño.

Día 34

El cielo se despeja ante mi mirada
un día que dejé de llorar.
Salió el Sol a borbotones
esperando que aprecie su llegada.
Son ansias mezcladas con locura,
con pasión irrefrenable
producto del amor más puro,
del deseo más profundo.
Tiemblo si vuelvo a ver nubes.
La llegada de los rayos
no hace más que atemorizarme.
Todavía no estoy preparada
sus manos están lejos
y sigo sintiéndome minúscula.
Dudo poder soportar
una tormenta más.
No en estas condiciones.
No tan débil, tan chamuscada.
Perdí peso, pelo y belleza.
Perdí ilusiones y sonrisas.
Perdí mucho de lo que tenía
y me quedé con leves palabras
filtrándose entre los dedos
cayendo irremediablemente
al cauce de un río agitado
que se lleva consigo todo
menos mi dolor,
menos mi llanto.


Se es lo que se quiere ser. Elegimos ser lo que somos. Debemos dejar que la vida nos lleve donde tengamos que llegar. Si querés ser malo, selo. Pero no te canses ni sientas culpa. Si querés ser bueno, selo. Pero no te quiebres ni flaquees. La elección es tuya, vos elegís cómo ser. Pero no se puede ser bueno o malo de a ratos. Es una continuidad, sin pausas ni paradas para descansar. Decidimos según dicta la esencia de nuestro alma, allí está la clave: hay que purificar la esencia y descartar lo que tapa la visión para alcanzar un plano claro de lo que tenemos guardado dentro. Encontrar allí nuestros más profundos anhelos, nuestras ambiciones, nuestros gustos, sentimientos y reacciones. A partir de eso, tomar la decisión.
Si fuiste cruel y decidís demostrar bondad, sé persistente. Cuesta bajar la imagen que uno crea ante los ojos ajenos. Cuesta generar la sensación de que esta vez no hay falsedad ni engaños de por medio. Porque los dolores no se olvidan con facilidad, y menos a aquellos que provocaron el dolor. Por eso, el cambio debe ser definitivo. Ser "bueno" o "malo" es una elección de vida. No se elige a medias sino a pleno: abocados a ser lo que queremos ser. Sin flaquear, ni dudar.

Día 33

Si en el cielo no hay un Sol
no puedo hacer de cuenta que existe.
Sé que está aunque no lo vea,
pero si no lo veo no siento su calor.
No me conformo con imaginarlo.
Necesito que se vuelva tangible
real de una vez por todas.
Parece una agonía interminable,
inaguantable, sin fin.
No quiero que el amor sufra.
Que las almas enamoradas
se lastimen, o lloren, o duelan.
Quiero que se vuelvan a encontrar.
Quiero que vuelvan a entregarse,
a hacer el amor la noche entera.
Que se deseen a cada momento,
encuentren sus manos entrelazadas,
y sus cuerpos unidos como nunca.
Pecho sobre pecho,
sintiendo el ritmo.
Los latidos propios, los míos...
y los tuyos, mi melodía favorita.

Día 32

Sueño que te pierdo.
Y me asusto y no te encuentro.
Y un golpe me parte por completo
cuando mi corazón ya no te siente mío.
Y lloro y me lo creo,
no despierto, no logro reaccionar.
Se me entumece el cuerpo
y por todas partes empiezo a temblar.
Y sueño y sigo soñando,
y me revuelco en mi cama
dando manotazos, buscando tu calor.
Pero no está. No estás vos. Ni nosotros.
Y me despierto algo ahogada,
intentando respirar.
Fue un sueño -pesadilla?-
no lo quiero volver a recordar.
Pero sin embargo sigo acá,
sin sentirte, sin dormirme,
Sólo latís en mi alma.
En el centro de mi pecho.
Una luz se me enciende:
sé que me estás pensando.
Preciso mirarte pero
estás tan lejos de aquí...

Día 31

Escucho el silencio de la noche.
La luna reposa sobre mi cabeza
acompañada de las estrellas
que surcan el negro cielo.
De fondo, el mar,
rompiendo con sus olas,
con esa fuerza tan especial.
Que tanto me atraía,
que tanto me apasionaba.
Pero ya no es así.
El mar sólo me hace sentir
que aquí donde él está,
no te puedo encontrar.
Y la luna me recuerda a una vez
que te besé durante la noche
en el pórtico de tu casa.

Huelo la humedad del aire.
Impregnó los álamos que se extienden
a lo largo de este terreno.
No es hediondo en lo más mínimo,
todo lo contrario:
se derrama un perfume en el aire,
tan peculiar y único.
Es exactamente el mismo
que desprendía aquel álamo
que se erige en tu vereda
cuando esa lluvia de primavera
lo cubrió por completo.
Y allí estábamos los dos,
juntos, tomados de la mano,
abrazados, sin que nada importe,
bajo esa garúa, besándonos.

Toco la medianera de piedra.
Absolutamente fría.
Un escalofrío me recorre el cuerpo.
Se me llenan los ojos de lágrimas:
sí, tengo frío,
sí, preciso de tu calor.
El alma está vacía y llora tu ausencia.
Las cosas no parecen marchar bien.
Consumo mis horas de vida
como si no tuvieran importancia.
"Cuanto más rápido, mejor" susurro,
a cada minuto, en todo momento.
Deseo que el tiempo se escurra,
entre los bulbos del reloj de arena;
que se ensanche el orificio,
acelerándose aún más el flujo,
para que todo acabe cuanto antes.

Escucho el silencio de la noche.
La luna reposa sobre mi cabeza
acompañada de las estrellas
que surcan el negro cielo.
Cierro los ojos despacio
y dibujo una imagen en mi mente.
Allí te encuentro, sonriente,
algo cabizbajo, pero encendido,
con esa chispa inextinguible,
que tanto me enamora, que tanto me anima.
Me sonreís, me estás sonriendo,
y leo una mueca en tu cara
diciéndome "te amo".
Aprieto los labios con fuerza.
Vuelvo a abrir los ojos y comienzo a caminar.
Falta poco. Todo va a estar bien.


ESPERANZA

Le teme a su euforia. Le asusta porque se vuelve predecible, violento y desesperado. Se impacienta y responde de mala manera. No como le habían enseñado alguna vez. Pierde la amabilidad y la ternura que tanto demuestra en las caricias y en los besos. Las destruye por completo por unas horas. Asustan esas horas... cuánto asustan. Sabe que después vuelve a la normalidad, pero ¿cómo evitar llorar de angustia de solo pensar cuánto más durará eso?

No hay señales.
Ni rastro, ni idea.
No hay una respuesta.
Sueños feos acechan,
de la mano de un monstruo
de catorce cabezas.
Teme por su vida,
no por ella, ella habla de su guía.
Teme que él se pierda
en el laberinto de arbustos.
Pero camina deprisa... y teme.
Lo busca, debe alcanzarlo.
Porque tiene una vida,
Y su vida es él.

Día 30

Tengo dolor. Duele y no puedo calmarlo. No hay pastilla que lo logre. No sólo es dolor; se me mezcla la ansiedad, la falta de paciencia. Apreto los puños fuerte, me enojo por mis elecciones, por haber decidido esto. Pero no me quedaba otra alternativa, no puedo perder de vista otros objetivos. No puedo perderme en la última etapa, sabiendo por qué llegué hasta acá, cuál es mi fin, qué busco como recompensa. Es fuerza, es soportar, es seguir guiándome en los últimos pasos del camino. Estoy a tan poco de volver a tocarte que es como si un calor se apoderara de mi alma, desesperado de volver a sentirte. Porque mi cuerpo, mi corazón, mi alma y mi mente te aman, porque te necesito, porque dependo. Y es difícil y se hace insoportable, pero necesito prepararme para lo que se viene. Sé que será duro, pero al menos tendré tu mano para sujetar cuando se me doblen las piernas y flaquee como el tallo de una flor pequeña cuando lo envuelve una ráfaga de viento. Temo por lo que se aproxima, porque el futuro tiene algo preparado para nosotros, y no puedo esperarlo desarmada, indefensa, débil y llorona. Debo ganar fortalezas y superar los obstáculos, superar las trabas, alcanzar lo que espero, incansablemente.