Día 38... final.

Faltan horas. Hasta podría calcularse en minutos, que al fin, por una vez, no estaría hablando de un número que simula ser tan interminable. Minutos para volver realidad todas esas conversaciones que hablaban de todo lo que nos desesperábamos por vivir, de los momentos que tanto se hacían desear. Volver a lo real, dejar de imaginar, de recrear en la mente las imágenes de los dos que tan bien sabíamos describir, que tan bien sabíamos plasmar a través de las palabras. Volver a lo real, al calor y al roce, a tocarnos, besarnos, y amarnos de la forma más intensa que podemos: uniéndonos los dos, en cada mimo, en cada caricia, sintiéndonos de una vez, mirándonos a los ojos y diciéndonos "te amo" sin necesidad de hablar. Hacerte mío, hacerme tuya, ambos nuestros, sin que existan terceros, sin que existan miedos, ni temor al futuro, ni dudar de lo que vendrá. Porque allí, en tus brazos, encuentro toda la seguridad que necesito para creer en mí, en vos, en nosotros. Para creer en que el amor existe y no hay forma de que se destruya, porque es eterno, perenne, inagotable. Porque viene del alma, de lo más profundo y sincero del ser. Se imprimió en la esencia, marcándonos para siempre.