Hoy volví a llorar. Estoy demasiado débil como para soportar el más mínimo golpe sin quebrarme de rodillas. Pido que pare pero caigo de nuevo y me raspo contra las piedras. Duele, sangra. Fue apenas un rasguño, ni siquiera iba dirigido a mí. Pero duele y sangra como nunca. Es producto del dolor acumulado, de la sangre derramada durante todo este tiempo. Producto de todos estos días que pasaron, que me volvieron pobre y desilusionada. Me robaron sueños, colores y risas. Me dejaron sólo las pesadillas, paisajes monocromáticos, muecas indiferentes. No soporto la espera y me lastimo de nuevo. No puedo aguantar más. Sí, aguanté tanto... Pero estas horas que quedan se hacen eternas. No pasan, no corren, no marchan. El tiempo se detiene, los segundos se estiran cada vez más. Y ¿qué hay de lo que se viene? ¿cómo vendrá, después de esto? ¿qué se aproxima? Algunas de tus palabras me animan pero siento que estamos débiles. Quizá sólo nos necesitamos. Quizá esta maldita soledad está presionando nuestra alma contra el corazón haciendo que los latidos pierdan la fuerza que poseen en cada uno de nuestros encuentros. Quizá sea hora de echarla, despedirse de ella y volver a recibirnos. Reencontrar nuestros cuerpos y volvernos fuertes otra vez. Recuperar los sueños, los colores y las risas. Olvidar las pesadillas, los paisajes monocromáticos, las muecas indiferentes. Sólo soportar la espera. No volver a lastimarme. Aguantar... y dejar de llorar.