Hace 36 días que no beso a nadie. Que preciso un abrazo que, por ahora, no va a llegar. Que los abrazos que recibo son insulsos, vacíos, sin efecto alguno. No siento nada más que frío. 36 días de asustarme cada noche cuando las sábanas helaban. Pasaron 36 días de una felicidad de mentira, producto de la ilusión del reencuentro, que cada vez se hacía desear más. Días de llorar, extrañar. Días de descubrir la dependencia. La necesidad. Las ganas de un 'siempre' unidos, a tu lado, reales, ganas de regresar y aferrarme a tu cuerpo, no soltarte, embriagarme de vos. Mirarte sonreír, mirarte dormir, mirar tus gestos, tu dulzura, la pureza de tu cara. Mirarte feliz, sentirte feliz, hacerte feliz. Preciso eso, reencontrarte y recordarte quién soy. Que no me hayas olvidado, que no me hayas dejado. Que llegue esa noche, esta noche que tan cercana está, que me llena de ansias el cuerpo de la emoción de su llegada. Que llegue esa noche y abra mi puerta, te vea llegar, se me aflojen las piernas, te abrace con fuerza, te mire a los ojos, y comience a besarte aún con más emoción que si fuera la primera vez: con una pasión inmensa, con unas ganas de besarte eternamente, cada parte, cada sector, cada centímetro de tu cuerpo. Besarte, morderte, pasándote mi lengua, saboreándote, sintiéndote, enloqueciéndome. Amarte, no una noche entera sino eterna; que el reencuentro se vuelva interminable, indescriptible, inolvidable.