Los sentimientos son internacionales. No respetan idioma ni etnia, sólo la condición de ser humanos. Tan fácil como romper a llorar al ver un paisaje soñado, y que cualquier persona que vea esa situación, entienda la emoción, sin necesidad de hablar.

Montmartre, París, 29 de julio de 2018

Atravesé el Pasaje de Abbesses en dirección a Rue des Trois Ferres. Antes de subir, ingresé en el Jardín, cuya entrada se sitúa antes de alcanzar la escalera. Me senté en uno de los bloques de piedra que hacen de asiento. En mis oídos, La valse des vieux os. En el aire seguramente sonaba esa melodía también. El jardín está descuidado, pero es especial. No hay demasiadas flores, lo cual me gusta. Las enredaderas hacen de las suyas apropiándose las paredes. El violín y el contrabajo dirigen la armonía, apropiándose de mi alma.
París es mágica. Siento que algo me espera a la vuelta de cada esquina. El barrio de Montmartre tiene un aura extraña, me deja encantada, me embelesa. De vez en cuando algún extraño me detiene para pedir fuego, o una moneda, o algo en francés que no entiendo. Me gustaría poder entender.
Cada día, en compañia de otros, me escucho hablando bajito, como un susurro. No se si viene de adelante, de atrás, de arriba. No puedo ubicar su origen, pero es mi voz, conozco su timbre y su color perfectamente.
Pasar tiempo sola me ayuda a reconciliarme con el resto, pero principalmente conmigo misma. Escucho las palabras fuertes, claras, como si hablara en voz alta. Las escucho con atención. No son órdenes, son advertencias, consejos, canciones de cuna. Son deseos olvidados siendo recordados, son un beso en la mejilla que me acaricia suavemente, son una palmada en la espalda, una bofetada en la cara, un tiro en la sien. La mano que me levanta del piso cuando estoy tirada, el acorde que arranca la canción que dirige la orquesta de mi vida, del paso a paso, del día a día.
Soy pura pequeñez entre tanto concreto. Entre tanto sonido de violín, piano, acordeón. Entre el soplido del viento. Una lágrima que brota compite con el océano, aunque sabe que no puede. Un suspiro profundo compite con las ráfagas, aunque sabe que es ínfimo. Pero así de ínfimo el suspiro, así de insignificante la lágrima, dan conocimiento de una noticia, la más feliz y tangible para el ser que, nostálgico, reposa en un bloque de piedra en un jardín público fundado en el barrio de Montmartre allá por 1936, mientras escucha la banda sonora de una película que fue filmada en estas calles. La noticia más preciada, incomprobable quizás, pero se siente tan real y concreta en este momento que tal vez me la crea. La noticia de sentirse vivo, de tener la vida propia al alcance de las manos, poder sujetarla, poder acariciarla, besarla en las mejillas, abofetearle la cara, abrazarla con fuerza y apreciarla más que nunca. Ese suspiro, vaciando los pulmones. Esa lágrima, quién sabe si de tristeza o alegría, ¿y qué importa si alegría o si tristeza... si estoy viva?
Abandono el jardín y subo las escaleras.
Veo el toldo de Au Marche de la Butte. Le compraría alguna fruta, pero salí sin plata. La caminata que antes era sin rumbo, ahora va en dirección a mi casa de turno. Tres cuartos de kilómetro me separan. Una infinidad me depara. Soy más humana que nunca, y se siente tan bien, que dudo poder desprenderme alguna vez de este sentimiento. Sentimiento que se hace cada vez más y más intenso.

por las rutas del sur de Italia

15 de Julio de 2018
Suena Negra Murguera en el auto. Estamos en la Autostrada Adriatica. Mi mejor amigo al volante, Caro de copiloto, Rosa y yo atrás. Acabamos de bordear los pueblos de Andria y Barletta, vamos camino a la costa amalfitana. A ambos lados de la autopista hay árboles de olivos como si fuese la única vegetación que pudiera crecer en esta tierra. De vez en cuando aparece una tuna, algunos arbustos floreados. Un puente se interpone cada algunos kilómetros para que otros autos crucen la autopista por encima. Ahora suena la Portuaria. La ruta y este tema me hace acordar a mi infancia, cuando íbamos a la costa con mamá, papa y mi hermana. Pero ahora estoy en la Autostrada dei Due Mari - Autopista de los dos mares - en el sur de Italia, con tres personas hermosas que son parte de mi descanso y mis vacaciones. En otro auto, haciendo el mismo camino, Santi, Luis y Eze. Increíble estar yendo a la costa oeste desde la este, y llegar en sólo dos horas. Eric nos explica cosas de historia que aprendió ayer caminando por la ciudad y leyendo. Nos cuenta que el Reino de Nápoles cayó con la batalla de Bitonto -el pueblo donde estuvimos parando dos días- en la época del 1700. A lo lejos se ven molinos girando suavemente con el viento, y colinas que pierden sus límites por la neblina de la montaña y la distancia. Algunos autos pasan a mayor velocidad que el nuestro a la izquierda. Estamos yendo a 100 km/h, a menos de dos horas de nuestro destino. A veces Eric se anima a subir la velocidad a 140 y la levanta como si nada, de un momento para el otro. El auto que alquilamos es un máquina hermosa. Cantamos, miramos por la ventana, charlamos, nos quedamos en silencio. Yo aprovecho a escribir porque me vibra tanto el corazón en este lugar que necesito expresarme. Me gusta tanto estar acá con estas personas que la alegría me sobrepasa. No sonrío, estoy seria pero pensativa, estoy feliz sin una sonrisa en la cara por estar viviendo lo que estoy viviendo. La sensación es indescriptible. Lo intento con todas mis fuerzas, con textos, con fotos, con historias. Pero es imposible hacer un todo con estas partes. El todo existe sólo en mi cabeza, con la fusión de mis sentidos, el olor de este aire, el brillo y los colores del paisaje, los molinos girando, el verde de los árboles, los sonidos de los pájaros y la música, el calor del sol en mi piel, la memoria consolidándose minuto a minuto. Abro bien grandes los ojos para mirar, observar, recordar, no olvidar. Se me eriza la piel y se me llenan los ojos de lágrimas, no quiero dejarlas brotar. Esto es tan maravilloso que me emociona. Soy tan pequeña en este mundo. Tan chiquita con la inmensidad que nos rodea, tan minúscula entre medio de tanta naturaleza, furiosa con nosotros por modificarla a nuestro gusto y placer, pero bondadosa y grata, dándonos agua, comida, y el sol de cada día. Que la razón nunca me exceda para poder apreciar la belleza más allá del conocimiento, y que el conocimiento nunca deje de crecer en mi cabeza. Que la apreciación del mundo me haga más sabia y mejore mi temple, y que la pasión siga movilizando mi alma como lo hizo hasta ahora.

Miro hacia todos lados, pueblos erguidos sobre las montañas. Techitos que se lucen a lo lejos. Miles de casas sobre las laderas de las montañas. El viento me golpea la cara pero no logro despertarme de este sueño hermoso. Tampoco quiero hacerlo. Es el sueño vívido más largo y más bello que viví. Es el sueño que elegí hacer real.

en el tren

el viernes te vi
estabas ahí sentado
con tu teléfono
riéndote de algo
y yo ahí con ellos
mis amigos
a plena carcajada
subiendo a un tren
en un país que nunca habíamos pisado
tratando de llegar a una ciudad
en la que nunca habíamos estado
y llenos de equipajes y mochilas
todos se acomodaron juntos
menos yo
así que senté a mi mochila enfrente tuyo
y senté mi cuerpo a tu lado
te miré sin saber si saludar
porque en Argentina nos saludamos mucho entre nosotros
y Argentina es como Italia
y esto es Italia
así que sonreí y aproveché la oportunidad
para pedirte indicaciones
y amablemente fuiste una guía
acto seguido empezó el viaje
sacaste tu libro
estaba en italiano y tenía dibujitos y bocetos de construcciones
supuse que era de arquitectura
no te quise preguntar
mientras tanto tarareaba una canción
tu lectura iba despacio y tu mano temblaba un poco
miré de reojo la página abierta
traté de entender algo
nuestros idiomas son tan parecidos
yo iba y venía buscando las estaciones
que faltaban para llegar a destino
corría por el pasillo como saltando
y mi mejor amigo cantó una canción típica de Italia
y vos te reíste de lo que decíamos
te comentamos que tuvimos mucha inmigración italiana
hablamos dos palabras más
te inventé que no sabía dónde bajar
me volviste a aconsejar con una sonrisa
subrayaste una frase con tu lápiz
al final del primer párrafo de la página izquierda
saqué mi libreta
quería escribir el momento
pero se estaba por terminar el viaje
así que anoté mi número de teléfono
en los últimos renglones de la última hoja
lo arranqué sutilmente y lo dejé
en el asiento que yo ocupaba
y se acercaba la estación
y quería que lo vieras
y me paré
y nos bajamos
y sonreí por animarme
y te miré desde el andén
la última vez
que te vi
sonriendo un poquito
mirando de soslayo
y sonreí por haberte visto
y me dispuse a esperar
a que quizá un día
quizá en un tiempo
o quizá nunca
me fueras a escribir
pero hice lo que sentí
cuando sentí eso que sentí
cuando te vi