y en esta última, la contemplación.
Contemplo mi alrededor
con la escucha atenta
de los pájaros cantores.
Hacen el paisaje
que no es solo visual.
Huelo al río que saluda,
hoy sin vigor,
más bien calmo,
taciturno.
Ayuda su quietud
a mis sentidos.
Alcanzo sonidos lejanos,
suaves y desconocidos.
Arrullo de la naturaleza
me hamaca en ráfagas
que van y vienen
con la ternura de la brisa
y la sequedad de estas latitudes.
Brisas que acarician,
susurros de verano
cuyo Sol se posa bien alto
cenital.
No demora en sentirse
el calor en la piel.
Llama al reparo la sombra,
sentir el pasto sobre el suelo
que pincha con cariño
la superficie epidérmica.
Crestas, valles, huellas,
faneras, lunares, anexos.
Súbense insectos,
hormigas, moscas de colores.
El placer de la frescura
tiene su consecuencia.
Coexisto con esos seres
que intentan sobrevivir
como yo.
Mi existencia es un hecho.
Soy. Existo.
Me desenvuelvo en entornos,
en contextos.
Me inhibo ante las pautas,
me desarollo en lo aceptado.
Aquello que me hace ser
dentro de lo posible.
Sueño con eso que reprimí,
con lo que no dejé ser.
Sueño con lo que me asusta
y me apasiona.
Enfrento mis pulsiones
con lo establecido.
Me brindo, me entrego.
Sin condiciones,
ni esperando nada a cambio.
Así es como broto espontáneamente.
Así es el vivir que me brota.
Ha de serme difícil, sí.
A veces, ni siquiera lo permito.
Es lo que descubro cuando,
en silencio, contemplo.
Y en la contemplación
me hallo.
Hablo conmigo.
Me escucho.
Me encuentro.
Pasividad que se transforma
en actividad.
En movimiento.
En fluir interno.