No le temo al cambio, no me da miedo renovarme.

No es que no esté feliz, porque amo la vida que llevo...

Pero... ¿qué sentido tienen los días si siempre todo es igual?

¿Dónde está la magia, la adrenalina, la emoción?

Quiero salir de la rutina, quiero saltar, escaparme de repente...

Así viviría toda la vida.

niñoINTERIOR

¡Mírenme todos! 

Ya no soy un niño, yo soy un señor.
Tengo un gran bigote de señor.
Tengo una vida con proyectos, ya no soy un niño!
Tengo grandes responsabilidades.
Seré un arquitecto, seré un doctor,
seré periodista, tal vez contador.
O podría ser escritor y contar mis historias.
Si tal vez crecer no me sienta bien...
Si tal vez el paso del tiempo entristece mi alma...
Si tal vez no logro ser adulto y feliz...
Contaré mis historias.
Mis historias de niño, mis aventuras, mi emoción
cuando trepé a un árbol armado de valor,
cuando contuve el llanto al caer de una rama
y la sangre en mi rodilla no me asustó.
Contaré que fui niño, y que aún lo soy,
que conservo ilusiones, esperanzas, amor;
que aunque pasen las horas y los días,
la vida jamás deja de ser divertida,
porque siempre habrá una caricia al corazón,
si uno conserva a ese niño interior.

Vientos veloces

¿Hay formas de frenar un alud? 
¿Un vendaval? ¿Una ventisca? ¿Un tornado? ¿Un huracán?
Vientos que, veloces, arrasan, mueven...
A veces, violentos.
A veces, feroces.
A veces, otras veces, tan sólo danzan.
Danzan al ritmo de los latidos.
Gráciles.
Delicados.
Sutiles.
Como trazos de un pincel dibujados en el aire.
Colores pasteles desplegándose en derredor.
Envolviéndonos en una espiral de cosquillas, suaves, pícaras...
Y una vez que empiezan, tan sólo son.
Son, y debemos dejarlos ser.
Porque no: no hay forma de frenarlos.
No hay puerta, ni muro, que sea obstáculo
a esa ola de sensaciones que vienen a movilizarnos.
Vienen a hacernos temblar, de pies a cabeza.
Cada centímetro, cada célula.
Tiembla el corazón y el alma.
Tiemblan al compás de un sentimiento,
que invade el cuerpo, de un momento a otro.
Que persiste, como la tormenta.
Que se intensifica, y disminuye, y se hace más fuerte, y se debilita,
de a ratos, por momentos...
Hasta que tan solo calma.
Cesa.
Termina.
Pero, momentáneamente...
Siempre, con probabilidades de volver.
De que esos vientos vuelvan.
Vientos que, veloces, arrasan, mueven...

Qué increible es la mente humana. Increíble lo que puede llegar a hacer en uno el recuerdo.
Y no hablo de un recuerdo concreto. No el recuerdo de un momento específico, de un abrazo, de una caricia, un beso, una palabra.
Sino del recuerdo general. Recordar una cara o una persona por las veces que esas personas pasaron momentos con nosotros. Recordarlas por recordar, no por algo en particular. 
Recuerdos de esas personas quedan dando vueltas en la mente, muy al fondo, como vagos, como hilos de pensamiento entrecruzándose entre sí, dando giros, expandiéndose y retrayéndose, flotando.
Hilos que quedan en la base de la cabeza, abajo, cada vez más abajo, a causa de nuevas imágenes, nuevas emociones, que se van encimando, acumulándose, aplastando esos recuerdos pasados.
Pasados, aplastados, sí... pero allí están. Como latentes. Como expectantes. Como a la espera.
No quieren ser borrados, ni aplastados -tanto y de tal manera- como para que sólo terminen... pulverizándose.
Y por la estima que uno puede llegar a tenerle a esos recuerdos, siguen vivos. Se mantienen.
De vez en cuando vuelven. Borrosos. No tan reales. 
Así como vuelven, duran un rato y se van.
Y vuelven.
Y se van.
Y el tiempo pasa, y los meses pasan, y los años pasan...
Y esas personas quedan en la mente. Quedan ahí, con los sentimientos, los roces, el afecto.

Pero de repente, inesperadamente, alocadamente... Aparecen.
No en la mente, no en un recuerdo, no en un pensamiento...
Físicamente.
Reales.
Tangibles.
Aparecen. Sólo aparecen.
Aparecen otra vez, allí, en nuestra vida, irrumpiendo en la cotidianidad.
Y esos hilos, allí guardados, se abren paso entre todos, para salir a flote a refrescarse.
A respirar. A reformarse, estirarse, agrandarse, crecer.
Las personas aparecen. Y, a veces... De qué forma!
Personas trascendentales, que en horas, logran cambiar el curso de la vida de uno.
Personas responsables de que esos pequeños pensamientos existan, que ahora no sólo se renovaron, sino que se agigantaron.
Personas que vienen a quedarse, por más que luego del encuentro se vayan.
Personas que reviven los recuerdos, para que suban escalones, y se queden arriba, en el podio, generando mil pensamientos nuevos, que ocuparán la cabeza, día tras día, hasta que nuevamente, comiencen a ser reemplazados, pisados, suplantados... Por nuevos recuerdos.
"Rara vez esta vida tiene sentido, amor..." diría PR, pero creo que la vida tiene sentido todo el tiempo, MUCHO sentido, aunque no encuentres cuál, se siente en la piel, en el cuerpo, en la sangre y en el corazón, que la vida tiene sentido, y que las ganas de vivir son el único motor para ser feliz.
Gritando hacia la deriva, camina.

No sabe si está bien la dirección a la que va.

Se mueve espeluznante, moribundo, errante.

Camina despacio, arrojando lo que queda de su alma

en cada sonido de su garganta.

Es como la muerte. Fue como un suicidio.

Murió ella, y casi que él muere también.

Pero no llegó. No alcanzó a morir.

Tan sólo quedó allí. Casi vivo. Casi muerto.

Con sus sentidos aplacados.

Con su boca seca pero sangrante.

Con sus ojos secos, sin brillo.

Con su cuerpo débil, agonizante.

Cada paso dado es una parte de algún baile.
Cada suspiro, un pedazo de canción.