Tanto mambo. Tanto duelo.
Todo incierto.
Es un ser que vive por inercia.
Ya no le late nada. Como si ir para adelante fuese la única opción.
Quedada, ahí, en el medio.
Como quien espera que algo llegue.
Y ese algo quizá nunca venga.
Y desilusión mezclada con resentimiento le oprimen el pecho.
Porque, ¿quién va a decir cómo son las cosas?
¿Quién se va a aparecer en el vidrio del auto, golpeándolo con el puño, pidiendo que le abra?
¿Quién va a dar la mano y sentir esa energía, el calor del contacto, la conexión sideral?
Es duro y va a seguir siéndolo, pero cada vez duele menos.
El problema es descifrar si duele menos porque sana o si duele menos porque perdió la sensibilidad.
Es como golpearse la cabeza contra la pared hasta desmayarse, quedarla, despertarse.
Hay un esbozo del dolor pero no se llega a sentir.
Porque fue hace rato... porque mientras dolía, el mundo no existía.
Quiere acostarse a dormir para no pensar pero no puede dormirse por esa misma razón.
Quiere escuchar un suspiro pero no hay nadie y mira el techo sin poder creerlo.
Fue todo tan rápido que no le dio ni tiempo de caer.
No lo asimila ni va a asimilarlo, se quedará así como si nada hubiese sucedido.
Como si nunca hubiese existido.
Como si el abrazo de cada día fuese inverosímil. Como lo que prometía. Como lo que dice ahora sentir.
Es cierto; es muy pesimista todo. Pero si en todo ese tiempo no se preocupó por darle a conocer lo que sentía, ¿qué era lo particular de este último tramo del trayecto? ¿Cuál era la presión? ¿Cuál fue el impulso? ¿Quizá había demasiada soledad para su vida lastimosa?
No se puede vivir de la costumbre. A la costumbre te acostumbrás y ya sabemos que eso termina mal. Pero es fácil cuando tenés a alguien comiendo de la mano. Le era fácil a él aunque lo niegue, y así terminó todo.
Y justificar lo injustificable fue lo peor. Porque ella sabía, sabía que estaba mal, pero el miedo a perder se comió su autonomía. Era un títere, una marioneta, una cosa inerte que se arrastraba por detrás, todo el tiempo, sin parar.
Sí, no se puede creer. La gente suele sorprenderse. Suponen que es exagerado, pero no. Quienes lo vivieron desde adentro saben lo que pasó.
Le duele que siga en su boca. Que hable en su nombre. Le duele porque fue el primero y el único que se encargó de alejarlos, de romper eso que habían creado, en lo que tanto había creído y puesto fe. Todo eso derrumbado, boicoteado, como si estuviese haciendo un castillo de naipes y le prendieran un ventilador. O como hacer un rompecabezas y que se quede por la mitad porque consideraba oportuno alejarse y tomarse un tiempo (y ahora la extraña, qué paradoja).
No al doble discurso. No a la mentira, a la omisión, a tergiversar con el objetivo de sacar provecho. Son cosas que duelen, que lastiman, que rompen el alma en dos.
Y la peor parte de todo es que... ella siente culpa.
Ahora es fría. Es nada. No brilla como alguien contó que brillaba. No la necesita más el mundo. No le colorearía el día a nadie.
Es una cosa inerte, una marioneta, un títere.
Quedó ahí arrastrado... y quizá algo le devuelva la emoción.