arcoiris/1

me gustaría saber
si al final de todo esto
los que dejaron de ser ellos
para ser un otro
volverán desesperades
a intentar ser de nuevo

y si los que hablan de valorar
van a volver
a la máquina

y si yo
voy a dejar
de querer saber
lo que va a pasar si
o lo que hay al final del arcoiris
si un gran jarrón
lleno de monedas
de oro
o un montón de gotitas
dispersándose
haciendo de prisma
a los rayos del Sol

definitivamente es mucho mejor
la segunda opción
pero no sé qué de los dos hay

nunca me acerqué
a una de las dos patas

definitivamente es mejor
la opción de las gotitas
pero la verdad no me importa

al fin y al cabo
dejé de querer saber
antes de tiempo

el centro del pecho/1

admiro
un susurro
en secreto
que trepa
la pared
y alcanza
una ventana
que no se abre
pero se mueve

a través
el sol
no brilla

otro de esos
días
como estos últimos
de sensaciones raras
y ruptura
de la estructura

otro de esos
días
como los de
la semana pasada
con silencios 
largos

grises

ya no
pero hay susurros
y ese violín
no
no es un violín
pero se parece
y se sube
y se baja
como mis piernas
y mis ojos
y mis dedos
que pintan la melodía en el aire
sube 
baja
se mete por mi boca
y me inunda la garganta

la siento
latir
ahí

en el centro
del pecho

en ese lugar
donde más me siento

el que tiembla
cuando estoy
en peligro

el que se encierra
cuando me siento
en riesgo

el que se entrega
si lo aceptan
entero
y entera
y sincera
y sin miedo
transparente
desnude
pura
lastimado
recuperada
destruido
deconstruida
y reconstruide
yo
mi
ella
él
un universo
completo
bajo mis sentidos
y si lo siento
me entrega
y que el espacio
me abrace
entre tantas
nubes
cósmicas

veintidós de abril

La Tierra llora. Por vez número mil.
Y esta vez, como nos afecta, lloramos con ella.
Empatía, le dicen. Creo que más que empatía, es remordimiento.
Llenar el vocabulario del día a día de condicionales. Conjugar en subjuntivo.
Los "hubiera" llegan tarde. No hay más que un presente, y acá estamos. Lamentando el pasado.
Como siempre. Como si hiciera falta una pandemia para lamentarse por cosas que pasan. Cosas que, simplemente, pasan porque las permitimos.
Como el estrés. Las peleas. El dolor. La frustración.
Dañar a los otros, y peor, dañarse a uno mismo.
Dejarse de lado. No escucharse.
Tanta potencialidad humana desperdiciada. Tirada a la basura.
Tiempo que fue y no vuelve. Horas de vida. Días enteros.
El tiempo avanza, la vida fluye. La Tierra gira. El Sol va a seguir saliendo, el Viento soplando. La Luna se va a enaltecer blanca y resplandeciente en el cielo negro. Quizá, cada vez más negro. Quizá, un día, las luces terminen de apagarse, y allí lo veamos. Con una sábana de estrellas. Tantas como jamás hayamos visto. Todas esas estrellas que nos perdemos, de tanta luz que generamos. Y me gustaría hablar de generar luz figurativamente, pero no. No es metafórico. Es literal.
La Tierra llora hace mucho, hace tanto. Llora de diferentes formas. En verano, en invierno.
Su llanto no entiende de estaciones. Tampoco respeta rutinas. A la Tierra no le importa si la economía se cae a pedazos. Si la política se debilita. Si las teorías conspirativas son real or fake.
La Tierra llora, se derrite, se congela. Tormentosa, descarga su agua sobre la superficie. La inundación nos azota, y nos preguntamos por qué. Preguntas absurdas si se analiza cómo era todo antes de que la civilización se asiente.
La Tierra llora, y se seca. Se vuelve estéril. Se rompe y resquebraja. No da a basto, y ahí va una máquina echando humo, sembrando sin cesar, arando sin descanso, cosechando veinticuatro barra siete.
La Tierra es nuestra casa y le arrancamos las paredes. Le quebramos el suelo, le volamos el techo. Reventamos sus reservas. La explotamos sin parar.
Explotada, llora. Mientras nosotros vemos cómo cavamos nuestras propias tumbas, despacio, paulatinamente.
Las vemos y lloramos. Porque nos da miedo. Porque así somos. Humanos.
Sentimos, vivimos, percibimos. Asimilamos.
Asimilemos esto y aprendamos. Cuidémosla.
Cuidemos este hogar. Este planeta.
La Tierra... que no es nuestra.
Nosotros somos de ella.

cuarentena/4

Ya no hay bocas. Sólo barbijos.
Los ojos siguen diciendo mucho, pero no suficiente. O quizá esos rostros no dicen nada porque no hay nada que quieran decir. Ni hasta luego, ni gracias. 
Y no, porque llegó la hora de pagar la cuenta y no pueden creer que lo que ayer salía la mitad, hoy sale el doble.
Así que dejan desganados ese trozo de papel que tanto valor tiene, reciben el vuelto con miedo de no tocarlo demasiado, recogen su bolsa de plástico, y se alejan atravesando la puerta de entrada.
Caminan por la vereda mirando a la nada, aprovechando que bajó la temperatura para ponerse la capucha y subir la cremallera al límite, ese que ha sabido hacer sangrar labios o dejar doliendo los mentones.
Capucha y cierre relámpago, esconder la cabeza ahí dentro. Que no se note el n95 sobresaliendo, blanco, brillante. Que no se note que hay miedo de contagiarse. A veces por uno, a veces por un otro. Y por las dudas, lo usamos igual. Los profesionales, los que saben de esto, no saben qué decirnos. Eterna discusión entre si sí o si no. Y, mientras, por las dudas... y sí. Cómo no. Ponételo. Si te sentís más seguro. Más cómodo. Ponételo dale. No lo lleves con vergüenza.
Sigue el desconocimiento, sigue la acusación. Si no sabés, ¿por qué decir que está mal lo que hacen? Acaso, ¿les preguntaste por qué lo hacen? ¿te molestaste siquiera en averiguar si saben cómo usarlo? ¿si saben por qué en ciertos casos se usa, y en otros no?
Y ahí, como siempre, aparece esa hegemonía, ese aire de superioridad. Ese que nos aleja del padeciente en lugar de acercarnos. Ese que hace que las personas pierdan fe en la ciencia para depositarla en lo que nos encanta llamar paraciencias. Que, en muchas ocasiones, curan simplemente escuchando más que nosotros. Que no hacemos más que blablablear.
Ya no hay bocas, y el blabla se empieza a subestimar. Será la dirección que tomen las arrugas de los ojos la que dirá gracias, o hasta luego. Porque no es real que se perdió la sutil costumbre de saludar y agradecer, no. Eso no se pierde. Pero está tapado de miedo. Porque así es. Nos ciega, nos consume, nos petrifica. Y mientras tanto, quienes deberían contener, intentan despejar dudas que no saben contestar. Dudas que ellos mismos tienen. Pero cómo admitir las dudas, cuando te creés el dueño de la verdad.
Y así estamos todos igual.
Ocultando las sonrisas bajo friselina.
Escondiéndonos, para que nadie lo vea.

cuarentena/3

tengo ganas de salir a calentar el Sol
aunque parezca absurdo
pero es que extraño cómo me cubre el cuerpo
cómo me llena de vida

vamos a calentar el Sol en medio de esta espera
o soñar con los tiempos pasados
de libertad y encuentro

salir a la ruta mientras cae la tarde
sin ansiedad, sin pensar en el tiempo
entre humo y melodías
disfrutando el camino y con ganas de llegar

que el cielo rosado del atardecer
sea el único techo
y no haya paredes

que los árboles
nos rodeen

que salgamos afuera
de nuevo

sin miedo.

silencio/3

Qué maravilloso es ese silencio que se esconde en el ruido sutil de una caricia. O ese no silencio que se hace pasar por susurro.
Ese que no reina en la noche cuando dos almas se apasionan y entregan. Ni en la mañana, cuando conversan mirando el techo, calentando la pava, musicalizando el ambiente.
Silencios que no son, o casi, pero que aún así miman tanto como el silencio. 
Silencio con música de fondo. Con esos golpeteos sintetizados. Esa guitarra arpegiada. Esa voz suave que se oye de fondo y penetra el aire.
Silencio en el aleteo de una mosca, o en el soplar del Viento. En un motor lejano. En la música del vecino.
En el gas que fluye por la hornalla, y se incendia continuamente mientras tuesta una rodaja de pan.
En el canturreo de unos pájaros que logro ver desde mi balcón, que no sé si son esos los que cantan, pero logro imaginarme que sí.
Silencio de mi corazón latiendo. Silencio de mis pulmones, inhalando y exhalando.
Hasta podría escuchar el silencio de mi sangre fluyendo.
Puedo porque, al fin, mi alma no grita. No reclama. No me insulta.
No me llora mientras reprocha la falta de cuidado. No me ruega de rodillas que la empiece a mirar.
No me pide que no la ignore, porque ya no la ignoro. No me pide que la proteja, porque nunca la volví a lastimar. Ni permití que otros la lastimaran.
No pide que la lleve a casa, porque ambas vivimos en ella. Convivimos. En paz y armonía.
Cómo no me va a gustar el silencio, con toda esta realidad. Cómo, si ya no se autodestruye. Si ya no se desangra.
Ronronea en mi interior y me hace vibrar el pecho.
Y me siento dichosa de estar viva para poder verlo. De haberla elegido primero. De ponerla por sobre todas las cosas. De amigarme, envolverla en un abrazo, y nunca más dejarla morir así. Como cuando casi la dejo volar por los vicios de la vida. Por las historias exageradas. Por la vulnerabilidad y el desprecio.

Al final no sé si la agradecida es ella. Ella, porque al cuidarme yo, está cuidada de lo externo, al estar encerrada en mí... Pero no sé qué tan así es. Se me hace que la agradecida acá soy yo, que me enamoré de algo que tengo dentro. Algo a lo que aferrarme... para siempre.

la tierra/2

Apreciar el Sol y el Viento desde este habitáculo.
El Cielo nos regala un celeste reticulado.
Son las nubes que se interponen de a ratos. Tapando un poco la luz, cubriendo de sombra la superficie.
Cierro los ojos y combino la música de las hojas batiéndose violentas con unos acordes que suenan bajitos desde el parlante.
Suavidad de melodía. Afortunada por nacer con este sentido. Con estos dos oídos.
Sonrío sin pensar, porque eso es lo que hace la música en mi. Darme espontaneidad. Impulsarme.
Recargo energía con esa batería inagotable que brilla arriba de mi cabeza, hoy de nuevo, por suerte. Ayer nos abandonó por un rato, mientras el Cielo descargaba sus nubes sobre el barrio.
Decidí empezar a nombrarlos en mayúsculas, porque son entidades en las que creo, y confío. Como alguna vez me instaron a usar mayúsculas en la palabra "dios", a lo cual ahora me rehúso. Porque sí. Porque así soy. Una máquina de generarme dilemas. Y me gusta serlo.
La mayúscula para todas aquellas palabras que representan conceptos que me dan vida. Y las que me dan vida a mí y a todos los seres que vivimos bajo sus mantos. Bajo este Cielo, en este Universo. Alumbrados por el mismo Sol. Abrazados por el mismo Viento.
Hay otros soles, otros cielos, otros universos. Los que me rodean merecen mi respeto. Así que los miro, les agradezco, y los nombro de la forma que me parece apropiada.
Los nombro de la forma que me hace reafirmar, por vez infinita, que soy minúscula ante esta Naturaleza. Que soy un eslabón más de una larga y entramada cadena que aprovecha cada día todo lo que nuestra amada Tierra tiene para darnos.
Y que así seguirá siendo. Quién sabe hasta cuándo.

la tierra/1

La tierra llama.
Si hacen silencio la pueden escuchar.
Nos habla continuamente. Desde el cielo. Desde el suelo.
Nos aconseja. Nos pide favores. Nos sugiere conductas.
Todo el tiempo y sin cesar, ahí está.
Expresándose. Algunos días, con calma y suavidad. Otros, torrencial, destructiva.
La escucho sonar ahora, contra el techo.
Un motor a lo lejos intenta opacarla. También una alarma que suena hace unos minutos.
Quiero apagar el resto de los sonidos. Quiero que sólo se queden, ella, y la música, mi otra gran compañera.
Quiero que el mundo se siga callando.
Mirar al cielo, y que las luces de la ciudad no contaminen mi atmósfera. Vislumbrar más estrellas que siempre. Como me gustaba apreciar en esos pueblos alejados de las urbes. Donde el ruido se apagaba más aún durante la noche, dando lugar a la melodía de la naturaleza. Las copas de los árboles, los pájaros nocturnos, las cigarras y los grillos.
Quiero envolverme en una frazada y abrir la ventanilla de la carpa, mirar la negrura a través, y sentirme afortunada de percibir el frío y la humedad de la noche. 
Allí fuera, en el pasto absoluto. Con alguna masa de agua cerca donde pueda ir a sentarme en la mañana, mientras espero que la pava forme burbujas en el fondo, sobre un fuego de maderas.
Exhalar aire y verlo organizarse como vapor frente a mí.
Rozar palma con palma buscando calentar la superficie.
Sonreír mirando el cielo. Y respirar ese turquesa intenso.
Adentrarlo en mis pulmones. Llenarme el pecho.
Responder al llamado de la Tierra.
Que llama cada vez más fuerte.
La Tierra llama, hermano.
La Madre de las madres.
Llamado que no paramos de intentar acallar.
Y acá estamos.
Haciendo oídos sordos, derivamos en esto.
En luchar por la existencia.
Intentando la supervivencia... Extinguiéndonos.


tiempo/1

Hay una parte de mí que siempre se niega a pensar en el tiempo.
Será porque razonarlo demasiado me hace caer en la cuenta de que una parte de mí se está agotando continuamente. Quizá es la misma parte que se niega a pensar en el tiempo. 
Si es así, cuando se agote por completo, pierda la noción de que lo que el tiempo genera en mí. Y simplemente me dedique a apreciarlo. Como a una flor. O a un cuadro. O a las caras de esas personas con las que decido compartir el tiempo.
Cómo me gusta mirarles el rostro durante minutos. Tratar de grabar detalles. Poder evocarlos con sólo cerrar los ojos. Mirarles la cara mientras hablan, mientras se ríen. Cuando están serias. Cuando disfrutan. Cuando sienten placer. Cuando lloran. Cuando me ven.
El tiempo fluye, pasa. Avanza.
Con nosotros sujetados. A veces intentando frenarlo. Esos días de ansiedad que vienen con el deseo puro de "paren el mundo"... como si del tiempo dependiera eso.
Y ahí estamos. Sumergidos en un sistema.
Las cosas que hace falta que pasen para cuestionarnos la existencia. Para poner en jaque los valores. Para volver a la esencia.
Sentarse a apreciar una flor. Un cuadro. Un rostro.
Sentarse a abrazar. Besar una frente. Contar una historia.
Cerrar los ojos y disfrutar del silencio. La salida y la puesta de sol. Doble regalo, todos los días.
Y todos ahí, corriendo. Atrás del tiempo. 
Que se nos caga de risa y avanza más lento a más lo queremos controlar. Mirando las agujas más veces que horas tiene el día. 
Esperando apoyar la cabeza en la almohada para no poder ni cerrar los ojos.
¿Y cómo vas a dormir a la noche si te pasas la vida durmiendo, viviendo como te dicen que tenés que vivir, y no como pensás que querés vivir?
¿Acaso alguna vez pensaste en cómo querés vivir? Quién querés ser. En qué te convertiste. Cuán alejado estás de ese ser que anhelabas con intensidad hace un largo rato, cuando ni siquiera comprendías la noción del tiempo. Cuando la vida era el ahora. El juego, ya. La comida. El jardín. Los dibujitos. Hay que dormir. Y empezaba de nuevo.
No sé en qué momento el ahora deja de tener tanto protagonismo. Pero me parece algo terrible.
Mientras tanto, esa parte de mí que se niega a pensar en el tiempo, se va agotando. Y yo, abrazada a la posibilidad, asimilando al tiempo como una consecuencia irreversible de la existencia. Existir hoy. Ahora. El presente. Desarrollando estas líneas.
Y si así de bello es existir, entonces, bienvenido seas, Tiempo.