Si hacen silencio la pueden escuchar.
Nos habla continuamente. Desde el cielo. Desde el suelo.
Nos aconseja. Nos pide favores. Nos sugiere conductas.
Todo el tiempo y sin cesar, ahí está.
Expresándose. Algunos días, con calma y suavidad. Otros, torrencial, destructiva.
La escucho sonar ahora, contra el techo.
Un motor a lo lejos intenta opacarla. También una alarma que suena hace unos minutos.
Quiero apagar el resto de los sonidos. Quiero que sólo se queden, ella, y la música, mi otra gran compañera.
Quiero que el mundo se siga callando.
Mirar al cielo, y que las luces de la ciudad no contaminen mi atmósfera. Vislumbrar más estrellas que siempre. Como me gustaba apreciar en esos pueblos alejados de las urbes. Donde el ruido se apagaba más aún durante la noche, dando lugar a la melodía de la naturaleza. Las copas de los árboles, los pájaros nocturnos, las cigarras y los grillos.
Quiero envolverme en una frazada y abrir la ventanilla de la carpa, mirar la negrura a través, y sentirme afortunada de percibir el frío y la humedad de la noche.
Allí fuera, en el pasto absoluto. Con alguna masa de agua cerca donde pueda ir a sentarme en la mañana, mientras espero que la pava forme burbujas en el fondo, sobre un fuego de maderas.
Exhalar aire y verlo organizarse como vapor frente a mí.
Rozar palma con palma buscando calentar la superficie.
Sonreír mirando el cielo. Y respirar ese turquesa intenso.
Adentrarlo en mis pulmones. Llenarme el pecho.
Responder al llamado de la Tierra.
Que llama cada vez más fuerte.
La Tierra llama, hermano.
La Madre de las madres.
Llamado que no paramos de intentar acallar.
Y acá estamos.
Haciendo oídos sordos, derivamos en esto.
En luchar por la existencia.
Intentando la supervivencia... Extinguiéndonos.