cuarentena/4

Ya no hay bocas. Sólo barbijos.
Los ojos siguen diciendo mucho, pero no suficiente. O quizá esos rostros no dicen nada porque no hay nada que quieran decir. Ni hasta luego, ni gracias. 
Y no, porque llegó la hora de pagar la cuenta y no pueden creer que lo que ayer salía la mitad, hoy sale el doble.
Así que dejan desganados ese trozo de papel que tanto valor tiene, reciben el vuelto con miedo de no tocarlo demasiado, recogen su bolsa de plástico, y se alejan atravesando la puerta de entrada.
Caminan por la vereda mirando a la nada, aprovechando que bajó la temperatura para ponerse la capucha y subir la cremallera al límite, ese que ha sabido hacer sangrar labios o dejar doliendo los mentones.
Capucha y cierre relámpago, esconder la cabeza ahí dentro. Que no se note el n95 sobresaliendo, blanco, brillante. Que no se note que hay miedo de contagiarse. A veces por uno, a veces por un otro. Y por las dudas, lo usamos igual. Los profesionales, los que saben de esto, no saben qué decirnos. Eterna discusión entre si sí o si no. Y, mientras, por las dudas... y sí. Cómo no. Ponételo. Si te sentís más seguro. Más cómodo. Ponételo dale. No lo lleves con vergüenza.
Sigue el desconocimiento, sigue la acusación. Si no sabés, ¿por qué decir que está mal lo que hacen? Acaso, ¿les preguntaste por qué lo hacen? ¿te molestaste siquiera en averiguar si saben cómo usarlo? ¿si saben por qué en ciertos casos se usa, y en otros no?
Y ahí, como siempre, aparece esa hegemonía, ese aire de superioridad. Ese que nos aleja del padeciente en lugar de acercarnos. Ese que hace que las personas pierdan fe en la ciencia para depositarla en lo que nos encanta llamar paraciencias. Que, en muchas ocasiones, curan simplemente escuchando más que nosotros. Que no hacemos más que blablablear.
Ya no hay bocas, y el blabla se empieza a subestimar. Será la dirección que tomen las arrugas de los ojos la que dirá gracias, o hasta luego. Porque no es real que se perdió la sutil costumbre de saludar y agradecer, no. Eso no se pierde. Pero está tapado de miedo. Porque así es. Nos ciega, nos consume, nos petrifica. Y mientras tanto, quienes deberían contener, intentan despejar dudas que no saben contestar. Dudas que ellos mismos tienen. Pero cómo admitir las dudas, cuando te creés el dueño de la verdad.
Y así estamos todos igual.
Ocultando las sonrisas bajo friselina.
Escondiéndonos, para que nadie lo vea.