Fin.

Me siento un poco extraña. Algo confusa. Tal vez, hasta ilusionada. Terminó la temporada. Más allá de que todavía no me vaya de este lugar... Terminó una etapa hermosa. Una etapa que fue nueva para mí, hizo que viva con otra intensidad mi verano, en comparación a la manera en la que venían siendo... Y este verano todo cambió. Todo se hizo diferente. Trabajar todos los días, todas las noches en el boliche... Viví, sentí y percibí todo de una forma diferente. Compartí momentos con personas que se volvieron clave en el verano, sin las cuales no hubiera sido como fue. Cada una, desde la más buena hasta la más forra, me dieron dosis de alegrías, sonrisas, tristezas, y por sobre todo: aprendizajes. Me llevo mil cosas, miles de cosas hermosas, todas en mi cabeza, dulcemente guardadas en un cuaderno especial, forrado con el mejor papel, cerrado con un broche de oro. Porque así siento que fue. Una maravilla.

-mipequeñalucecita-

Óyeme.
Tu...
Quisiera que sepas,
y que lo sepas con certeza:
Mi mayor anhelo es tu felicidad.
No creas que me olvido
de aquellos días,
felices,
donde sólo éramos tú y yo,
tan solo niñas,
pequeñas y ilusas,
felices.
Tú...
Tú has dado todo,
te dejaste llevar con el paso del tiempo,
pero esos dulces tragos
se convirtieron en dolor,
pena y amargura,
sin sonrisas ni brillo,
sin el color de la piel,
sin el sonido de cada suspiro,
o de los latidos del corazón.
Tú...
Quisiera que sepas,
Y que lo sepas con certeza:
Mi mayor anhelo es tu felicidad.
Aún recuerdo cuando tan sólo reías.
Luz pura,
irradiabas,
todo el tiempo,
por cada centímetro de tu cuerpo,
un mágico resplandor.
Tan frenética e infantil,
ni te detenias a pensar en el amor...
Pero...
Tú...
Sólo reías.
Y llegó.
Sólo reías, y apareció.
Y reíste más aún y comprendiste,
supiste ahí mismo,
que tu alma se había mudado de cuerpo.
Un alma que voló,
se elevó,
y dando giros en el aire se depositó,
se posó sobre ese otro ser,
antes desconocido,
antes innecesario;
ahora maravilloso,
ahora imprescindible.
Y tú...
Aquí estás.
Tan fría y solitaria,
dolida y abandonada.
¿Qué te hizo?
¿Qué fue lo que te hizo?
Tomó el poder,
las riendas,
y te dominó.
Y...
Tú.
Aquí estás.
En la nada.
Aterrada.
Con frío, en soledad.
Con dolor, en abandono.
Cuentas los días y las horas...
Yo sólo quiero que recuerdes,
eso que ya no recuerdas,
esas luces,
ese resplandor,
esas maravillas que te fascinaban,
cuando todo alguna vez fue risas,
cuando tu alma aún estaba contigo.
Yo...
Quisiera recordártelo,
para que la vida retome el sentido,
para que,
tú,
mi pequeña,
lucecita,
luminosa,
libre y risueña,
vuelvas a sonreír,
y que tú,
pedacito de mi vida,
hermana de mi alma,
creas nuevamente,
con esperanzas,
con sonrisas,
con sueños,
fervientemente,
y más que nunca,
en el amor.
Y tú...
Quisiera que sepas,
Y que lo sepas con certeza:
Mi mayor anhelo es tu felicidad.

Hoy, cuando te acuestes, duérmete pensando que el día de mañana será diferente. 
Que, a pesar de la rutina, tendrás algo por qué luchar cuando salgas a la vida. 
Que, a pesar de que todo parezca marchar sobre ruedas, buscarás algo que cambie el transcurso de las horas, que haga emocionante e inolvidable ese nuevo día. 
Que, a pesar de que te cueste, le encontrarás un nuevo sentido a aspectos de tu vida. 
Que, a pesar de que estés desilusionado, creerás que podrás encontrar un nuevo amor a la vuelta de la esquina. 
Diviértete, sé espontáneo. La vida es más maravillosa de esa manera.

Niño-adulto

La gente no cambia. Uno de un día para el otro no es diferente. Sino, día tras día, tan sólo seríamos personas nuevas, completamente desconocidas de las que éramos en un ayer. Sino olvidaríamos el pasado. Sino no tendríamos recuerdos. Sino no seríamos ni siquiera nosotros mismos.
Pero uno vive y aprende a medida que crece. Y eso no lo hace cambiar, sino incorporar vivencias que hacen que uno, por experiencia, reaccione y responda de diferentes formas. Pero sin nunca abandonar el niño. Porque si dejamos al niño, borramos la parte de la vida más hermosa, esa en la que nos hicimos como somos ahora, en la que forjamos nuestra personalidad. En la que un golpe duro era caernos de un árbol, o que se nos caiga al suelo el chupetin que recién habíamos comprado en el kiosco. Si dejamos al niño, vamos siendo adultos de un día para el otro, y nos hace ser infelices eso, porque olvidamos las risas inocentes, y los momentos en los que las decisiones importantes se solucionaban con un simple piedra papel o tijera. Momentos en los que sólo bastaba un 'piedra libre para todos mis compañeros' para salvar al resto de mis amigos de que alguno de ellos sea el que le toque contar.
Y acá estamos nosotros. Los del alma de niño-adulto. No en pleno choque. No en constante desequilibrio. Sino en armonía. Ambas partes integradas, asimilando. Y no es que vivimos berrincheando, porque aprendimos, con los años, que el berrinche no sirve, que cuando es no, es NO, y si queremos obtenerlo, hay que tratar de buscarlo por otros medios. Vivimos sonriendo porque sabemos que mirar la vida con ojos de niño nos da la posibilidad de pensar que siempre hay solución, que siempre puede haber final feliz, como en los cuentos que nos leían de chiquitos! Por eso, ahora, más que nunca, en este mundo tan lleno de miseria, tristeza y soledad, aferrémonos a ese niño interior y nunca lo dejemos. Porque es el que sabe ver el Sol detrás de las nubes, la compañía en el medio de la nada, el amor entre tanto odio. Porque nos curtimos así, somos quienes somos, y no lo que quieren los demás..., y eso es maravilloso.

"Miró su sonrisa. 
Vio que estaba feliz. 
Y esa sonrisa, fue así como... 
Así como mágica... 
Es como que lo miraba sonriendo y el tiempo se detenía. 
Por segundos, el mundo giraba más despacio. 
Por unos momentos, su mente empezaba a filmar: 
grababa, imprimiendo en su memoria cada instante de su cara 
mostrando su sonrisa, 
mostrándose feliz, 
mostrando ese brillo de sus ojos. 
Brillo que hacía que ella brille también, 
que le llenaba el alma de vida, 
que le daba fuerza a su corazón para provocar cada latido. 
Y él seguía sonriendo y no existían las nubes ni los malos días, 
no había tristeza que pudiese opacar su cabeza. 
Sólo existía ese brillo, 
esa sonrisa, 
que en cuestión de minutos, 
le arrancó el corazón 
y se adueñó por completo de su ser."