Hay un poco de humo en el aire. Son las tres y cuarto de la mañana, y un flaco que me gusta está parado adelante mío, y tiene su boca a diez centímetros de mi boca. Sabe lo que siento y el poder que tiene ese sentimiento, sabe cómo me cuesta manejar mi accionar. Me está mirando a los ojos a la vez que yo miro los suyos, detrás de esos gruesos vidrios que constituyen parte de sus gafas. Estamos hablando, las frases se entrecortan por el ruido y un tema de los Strokes demasiado fuerte que sale del parlante de arriba a la izquierda. La luz tenue del candelabro que nos ilumina hace que la escena sea aún más interesante que cualquiera de las escenas imaginadas o soñadas desde hace meses, cuando el deseo del subconciente se hacía presente en los recuerdos del dormir, al despertar. Sigue sonando la música, no sé quién canta, todos mis sentidos se concentran en él, o casi todos... Tan cerca que huelo su perfume, mis ojos rebotan entre los suyos y su boca, mi mano apoyada en la cintura, mientras escucho sus palabras atentamente. Mis labios titubean, me tiemblan las manos, el vaso de Campari parece pesado, tan pesado que lo apoyo en la tabla amurada, e intercalo esta acción con revolver su pelo a cada rato. Eso sí que me da placer.
La última frase que dijiste terminó en un silencio. Seguimos mirándonos fijo. No aguanto más y, fuerte y claro, menciono: "la decisión es tuya". Segura de lo que quiero, me planto delante y me aproximo un poco más. Ya son cinco los centímetros. Tu cara brilla como si fuera lo único que pudiera reflejar luz. Te acercás y me acerco más. Empieza a sonar un tema de REM, Losing my religion. Confieso que no soy muy fanática, aunque reconozco que es un clásico de la historia de la música. Comienza el primer verso cuando, de golpe, la calidez de tus labios encuentran el temblor de los míos. La suavidad del movimiento me afloja aún más. Te rodeo el cuello con la palma de mi mano izquierda, las falanges más distales se introducen por debajo del cuello U de tu remera. Nunca me gustó tanto este tema como ahora. No quiero que te des cuenta de que estoy sonriendo mientras te beso, pero no creo que pueda evitarlo. Abro los ojos para grabarme tu cara, te veo y me das paz. Una paz especial, quizá proviene de tus gestos, de la simpleza de tus actos, de la tranquilidad de tu ser. El sentido que faltaba ahora está puesto también en vos, y saboreo ese beso como se saborea el último bocado, el trago de agua después de una noche de alcohol intensa, el sorbo de té cuando hace frío en pleno invierno. Tu mano se apoyó en mi espalda y me gustaría tenerla ahí todo el tiempo posible. Quiero congelarnos acá muchas horas. Nos tenemos que ir y no quiero, pero sonrío y festejo el momento. Me alegro por lo fortuito de haberte encontrado acá, que hayas decidido atravesar esa puerta con tu amigo y acercarte hasta donde estaba yo, rodeada de mis amigas, que insistían en que me dejara llevar.
Así fue que fue. Y espero que pronto nos dejemos llevar... de nuevo.