Vientos veloces

¿Hay formas de frenar un alud? 
¿Un vendaval? ¿Una ventisca? ¿Un tornado? ¿Un huracán?
Vientos que, veloces, arrasan, mueven...
A veces, violentos.
A veces, feroces.
A veces, otras veces, tan sólo danzan.
Danzan al ritmo de los latidos.
Gráciles.
Delicados.
Sutiles.
Como trazos de un pincel dibujados en el aire.
Colores pasteles desplegándose en derredor.
Envolviéndonos en una espiral de cosquillas, suaves, pícaras...
Y una vez que empiezan, tan sólo son.
Son, y debemos dejarlos ser.
Porque no: no hay forma de frenarlos.
No hay puerta, ni muro, que sea obstáculo
a esa ola de sensaciones que vienen a movilizarnos.
Vienen a hacernos temblar, de pies a cabeza.
Cada centímetro, cada célula.
Tiembla el corazón y el alma.
Tiemblan al compás de un sentimiento,
que invade el cuerpo, de un momento a otro.
Que persiste, como la tormenta.
Que se intensifica, y disminuye, y se hace más fuerte, y se debilita,
de a ratos, por momentos...
Hasta que tan solo calma.
Cesa.
Termina.
Pero, momentáneamente...
Siempre, con probabilidades de volver.
De que esos vientos vuelvan.
Vientos que, veloces, arrasan, mueven...