Días en los que somos sueños.
Días en los que abunda la melancolía, y la nostalgia.
Días de pura paciencia. Otros, cien por ciento adrenalina.
Días en los que nos entrelazamos lo más que podemos.
En los que no sentimos calor si no nos abrazamos.
Días en los que nos sentimos al lado, aún desde lejos.
Días de pensarnos mucho, de pensarnos poco,
pero siempre pensándonos bien.
Días en los que ya te extraño.
Días en los que nos volvemos parte de nuestras respectivas rutinas.
Esa parte que nos hace sonreír más que el resto.
Esa que se abraza con gusto en la noche,
cuando un living y tu perro
son los únicos testigos
de nuestro fuego.
Días de sentir que tu existencia mejora la mía.
Que tu presencia mejora mis días.
Que tu pecho es un buen lugar para apoyar mi cabeza.
Días de chocarte el puño ante los logros.
De soñarte de noche, y también de día,
cuando evoco algún último encuentro
y te recuerdo en mi haber.
En los momentos que se graban en la memoria.
Que cierro los ojos y los revivo como si te tuviera delante.
Como cuando te miro sonreír y cerrar los ojos
con tu cabeza en mi hombro,
mano derecha en mi cintura,
mano izquierda entrecruzándome los dedos.
Sentir la tormenta en el interior.
Temblar sin frío.
Mojar sin agua.
Quemar sin fuego.
Gritar sin miedo.
Fundirse en un abrazo
de esos que hacen que nos preguntemos
dónde están los límites del cuerpo,
o si acaso importan
cuando el alma se fusiona
en destino, sentido y sentimiento.