Rompen como olas cuando el agua está picada,
y flamea la roja y negra en el mangrullo.
Aún rogando que si el Cielo y el Infierno existen,
aún eso no sea compartido.
La pertenencia no existe,
el alma se quiebra al no hallar hogar.
Pero el hogar es uno.
Así que lloramos. De miedo. De alegría.
El descubrimiento. La intuición de entrega.
Completa. Absoluta.
Desnudarse frente a esa visión.
El objetivo.
Poner en marcha todo. Hasta lo más simple.
Y partir desde allí. Desde la simpleza.
Desde la niñez. Desde la canción de cuna
que viene a reparar el alma.
Atraer un arrullo en una noche larga
de tanto pensamiento
y difícil descansar.
Noche de ojos, piernas y brazos cansados,
mas no el corazón,
que brinca como brincan las almas
cuando van a dar el salto.
Echarse a andar.
Perderse en la neblina de la mañana
sin dejar rastros.
Sin ataduras ni rodeos.
Corriendo detrás de aquello,
que tira. Que atrae. Que desvela.
El camino con corazón.
El medio para que cada objetivo, valga.
El medio perfecto para que el objetivo
deje de ser el eje
y se convierta en el complemento.
La consecuencia del acto librado al azar
ante la comodidad del ser,
ante la libertad del alma,
al sentirse pertenecer,
al habitar el mar que le corresponde
por su simpleza.
Por su esencia.