Le teme a su euforia. Le asusta porque se vuelve predecible, violento y desesperado. Se impacienta y responde de mala manera. No como le habían enseñado alguna vez. Pierde la amabilidad y la ternura que tanto demuestra en las caricias y en los besos. Las destruye por completo por unas horas. Asustan esas horas... cuánto asustan. Sabe que después vuelve a la normalidad, pero ¿cómo evitar llorar de angustia de solo pensar cuánto más durará eso?