Día 31

Escucho el silencio de la noche.
La luna reposa sobre mi cabeza
acompañada de las estrellas
que surcan el negro cielo.
De fondo, el mar,
rompiendo con sus olas,
con esa fuerza tan especial.
Que tanto me atraía,
que tanto me apasionaba.
Pero ya no es así.
El mar sólo me hace sentir
que aquí donde él está,
no te puedo encontrar.
Y la luna me recuerda a una vez
que te besé durante la noche
en el pórtico de tu casa.

Huelo la humedad del aire.
Impregnó los álamos que se extienden
a lo largo de este terreno.
No es hediondo en lo más mínimo,
todo lo contrario:
se derrama un perfume en el aire,
tan peculiar y único.
Es exactamente el mismo
que desprendía aquel álamo
que se erige en tu vereda
cuando esa lluvia de primavera
lo cubrió por completo.
Y allí estábamos los dos,
juntos, tomados de la mano,
abrazados, sin que nada importe,
bajo esa garúa, besándonos.

Toco la medianera de piedra.
Absolutamente fría.
Un escalofrío me recorre el cuerpo.
Se me llenan los ojos de lágrimas:
sí, tengo frío,
sí, preciso de tu calor.
El alma está vacía y llora tu ausencia.
Las cosas no parecen marchar bien.
Consumo mis horas de vida
como si no tuvieran importancia.
"Cuanto más rápido, mejor" susurro,
a cada minuto, en todo momento.
Deseo que el tiempo se escurra,
entre los bulbos del reloj de arena;
que se ensanche el orificio,
acelerándose aún más el flujo,
para que todo acabe cuanto antes.

Escucho el silencio de la noche.
La luna reposa sobre mi cabeza
acompañada de las estrellas
que surcan el negro cielo.
Cierro los ojos despacio
y dibujo una imagen en mi mente.
Allí te encuentro, sonriente,
algo cabizbajo, pero encendido,
con esa chispa inextinguible,
que tanto me enamora, que tanto me anima.
Me sonreís, me estás sonriendo,
y leo una mueca en tu cara
diciéndome "te amo".
Aprieto los labios con fuerza.
Vuelvo a abrir los ojos y comienzo a caminar.
Falta poco. Todo va a estar bien.


ESPERANZA