Hoy es el día. Hoy ya estoy en mi casa. Volví a mi hogar.
Sí, estaba en mi casa también. Mi casa que antes era mi lugar más importante. Mi lugar favorito.
Pero un día descubrí que ese no era mi lugar en el mundo. Que no pertenecía más allí.
Porque un día me enamoré. Y a las semanas, comencé a amar. Y meses y meses, aprendiendo a amar más y más.
Me enamoré de alguien. No de un lugar. Ni de un sitio en especial. Ni de un paisaje, ni de la gente.
Me enamoré de una persona. Aprendí a amarla y a sentirla mía, sentirme de él.
Amé como nunca había amado antes. Amé con el alma, el cuerpo, la voz, el pensamiento, el corazón. Con mis dedos, con mi fuerza más intensa.
Amé y sigo amando y seguiré amando. Amé y elegí, amé y decidí: di, entregué, aposté esperando ganar.
Gané. Ganamos. Salimos ganando los dos.
Amé y pertenecí a tu lugar: descubrí que mi lugar era donde sea que te encuentres, siempre que permanezca a tu lado.
Nos volvimos a poner en juego esta vez, difícil, casi insoportable. Pero fue una prueba importante que dio la pauta de la grandeza, la pureza, la madurez del amor.
Ganamos otra vez. Ganamos de nuevo porque el amor vive aún. Vive con más necesidad y dependencia, pero con más ganas, con más fuerza.
Se termina el extrañar, se termina temblar, temer, y llorar.
Otra vez en tus brazos. De vuelta, como siempre debí haber estado.