Tengo que confesarlo: Quería ser como ella. La impronta dramática que le había dejado su primer experiencia amorosa me parecía insuperable. Lo amaba, sí, pero no parecía ser suficiente. Parecía ser poco al lado de ese dramatismo mezclado con sufrimiento que habían alcanzado ambos. Parecía ser poco ante esos llantos desconsolados telefónicos, ante esos intentos de suicidio, ante esa disposición que parecía ser plena, entrega completa, la vida puesta allí: si no te tengo, no quiero ser, ni existir, ni vivir. El hecho de haber tenido esa experiencia -maldita-, me había dejado pensante. Quería ser más. Quería ser mejor y más y más importante y más recordada. Ser más querida y más deseada y más amada. Y temí por ser menos. Temí y fui idiota. Porque los celos son estúpidos. Porque las personas son diferentes. Porque nadie merece desgracia. Ni el vecino, ni el portero del edificio donde vivís, ni la persona que más amás, ni la persona que alguna vez amó la persona que amás. Porque fui estúpida al creer que hacernos pasar por eso lograría superarlo. ¿De qué forma superar? Más que superar fue como agarrar el amor y colgarlo de una soga, suspendido sobre un piletón repleto de tiburones... Bastaba con que uno dé el salto más alto. Que uno lo muerda. Lo pique en pedacitos y lo escupa en el mar, al encontrarse con un amor vacío, insulso, hueco. Un amor desangrado, descuidado, desgastado, producto de una estúpida insistencia a querer ser más. A querer hacerle creer que el amor está en todas partes cuando en realidad no lo ve, ni lo va a ver, porque sólo se demuestra el esfuerzo y el empecinamiento en destruir, arrancar y asesinar ese amor que nació tan puro, dulce e inocente. Ese amor que parecía ser perfecto, hasta que lo agarré para hacerlo pedazos. Para ser como ella. Para lograr lo que ella logró en él.
Y me arrepiento. Y me odio. Y quiero volver en el tiempo.
Por mi idiotez. Por compararme. Por sentirme menor. Por dejarme caer a ese nivel.
Quiero volver a pegarlo.