"que a tan doloroso extremo lo conducía..."

Hojas 417-418, Libro quinto. Edición de Corregidor, 2015.
Primer renglón, transcribo: "[...] ... una luz brumosa, la misma que llena su cuarto, gravita sobre la ciudad, moja los techos, aceita las calles y esfuma los horizontes; diríase que la pulverizada ceniza de un volcán flota en el aire y se asienta blandamente sobre las cosas. Adán (Buenosayres) estudia las ramas esqueléticas de los paraísos que, faltos ya de sus hojas, aún se aferran con uñas avaras al racimo de oro de las semillas. Imaginación... [...]"
Exactamente, imaginación en marcha. Aunque innecesario imaginar demasiado, pues la imagen mental no es inventada. Evoca un campo visual percibido típicamente de lunes a viernes por mis retinas, y a veces hasta sábados y domingos.
La silueta oscura, también de ramas esqueléticas como percibió Adán. Y también de paraísos, raquíticos por el frío invernal, que paulatinamente se va transformando en una primavera templada, equinoccio mediante.
Hay bruma en el aire, constituye mi espacio. Lejana la luz, mosaico blanquecino y grisáceo, sin turquesa brillante por los nubarrones que cubren la totalidad de lo visible. El concepto del cielo, idea construida y aprehendida en base a mis conocimientos previos y a mi percepción del ambiente. No sé si parecería tan lejana una nube si no supiera que el cielo no es un límite exacto. Y me refiero a esto porque la bruma está en el aire, tan presente que la atravieso con todo mi cuerpo. Dirija a donde dirija mi mirada, la veo allí. En un momento pareciera mutar a garúa, para luego dejar de ser algo detectable por mi límite de resolución visual, y pasar a formar parte de eso magno, tan vasto: el cielo.
Días como hoy, surge el sentimiento de encierro. Ese elemento constituyendo parte del aire, en mayor porcentaje que el común denominador de los días. Allí, indeciso si ser vapor o gota de agua, pero siendo agua en fin. Siento que mi atmósfera se reduce. Quizá el vapor de agua tan visible que me contacta y me humedece ojos, boca y nariz sea continuo hasta los límites de aquella, y se esté perdiendo allí donde la gravedad ya no ejerce suficiente aceleración como para mantener la materia bajo su control. Esa misma agua que me dificulta la visión, que es agua en fin. Que toca el edificio a la vez que toca el paraíso deshojado y mis manos sin guantes y mi cabello lleno de pequeñas gotitas que recién eran vapor, y ahora se condensaron. Que eran agua y siguen siéndolo, más allá de su estado de la materia.
Los paraísos se agitan con el viento y mojan a los transeúntes. Yo veo el sol sobre el edificio y detrás de las ramas que siguen esqueléticas, y lo seguirán hasta tan pronto el Sol y el calor dominen el día porcentualmente. El paisaje se teñirá de ese lila-rosado, decorando con un fondo amable a los contingentes recién salidos de haber cursado algunas horas de clase, rendir algún examen, trabajar en algún proyecto, dar alguna clase, reunirse con alguna persona. Dibujarán algo de color en la tarde cuando la luz anaranjada se deposite sobre ellos, justo antes de que ésta desaparezca tras el concreto e inunde de sombra las inmediaciones. Observarán luego del ocaso a los grupos que, en términos de festejo o no, apoyarán sus isquiones y compartirán ilusiones, mate o cerveza en mano, sobre algún trozo de cemento o algún metro cuadrado libre de pasto que quede en la plaza de la capilla. Verán sujetos gritando y encendiendo bengalas, llenos de confeti, guirnaldas, con humos de colores, uniformes recortados, vinchas floreadas y cabezas rapadas, fotografiados tras un recuadro improvisado que semeje alguna red social, grabando en la historia de sus vidas el momento tan clave de tantes que atraviesan esas calles cada día.
Los paraísos rodean la plaza y crecen incansablemente. Vaya a saber une hace cuántos años que están allí parados. Son parte de mi percepción de este lugar, hace cuántos años ya, que camino por Paraguay al dos mil cien. Quizá me gustaría usar el adverbio "incansablemente", pero es que soy humana, y es cierto que la vida y los años pesan, cansan, agotan. Aún en la felicidad de hacer lo que se desea, lo que se ama y anhela.
Los paraísos me inspiran las ganas de fotografiarlos, aún con este deshoje que los tiene esqueléticos, porque aún así son bellos, porque no sólo los recuerdo con ese color intenso que me alegra la visibilidad durante los meses estivales. Los admiro así, raquíticos, acá en el límite entre Recoleta y Balvanera, como los ve Adán en Monte Egmont, despertándose una mañana en Villa Crespo. Paraísos de Buenos Aires, ciudad de aire humeante, nervios alterados y corredores de tiempo compulsivos. Sociedad compungida entre medio del trajín y la vorágine del siglo XXI. Atraviesan las veredas y el pavimento con una mano tomando el aparato, con la vista en un ángulo de veinticinco grados hacia abajo con respecto al horizonte, que acá no existe como línea recta: es un conglomerado de concreto, mires a donde mires.
Me detengo con cuidado de no ser obstáculo en la línea punteada que esquematiza la trayectoria que alguno de estos cuerpos humanos recorrerá en el futuro inmediato. Miro hacia arriba, allí el Sol en lo alto, tras los nubarrones heterogéneos blanco-grisáceos, le hace de sombrero al edificio de forma cómica que hace de casa de mi Universidad. Por delante en el plano visual, ramificaciones incontables de un tronco delgado, pero firme.
Ventaja de la tecnología: cuento con un teléfono, está en mi bolsillo. Lo saco, lo acomodo, presiono el obturador.
Ramas esqueléticas y bellas de un paraíso. Facultad detrás, sol radiante, pero oculto en un río atmosférico de cúmulos de lluvia. Entre medio, el agua. Me toca, toca el concreto, los paraísos raquíticos, las mismísimas nubes. Me aplasta y me tracciona, lucho con su peso. Me alejo caminando. Y en el siguiente párrafo de la historia imaginada por Marechal, Adán se dirige a la mesa, alejándose de la ventana en Villa Crespo. También hay bruma en su habitación. Agua vapor o condensada, que nunca dejó de ser agua, ni en la novela, ni en Villa Crespo, ni en este momento, en el aire, en las calles, formando la mayor parte de la materia viva. Siendo indispensable en nuestro cuerpo, y manteniéndonos vivos. Pero también en las tráqueas, ahogándonos.
Agua, en fin.