Me gusta soñar, porque te veo en mis sueños,
y no me asusto aunque no te vea al despertar.
Porque te siento y te sueño, y luego de soñarte
sé que existes, no sólo en mis sueños,
sino en mi realidad.
Porque me miro y te miro cada vez que me miras,
me siento y te siento cada vez que me sientes.
Porque soy por vos y existo por vos,
porque existes, no sólo en mis sueños,
no sólo en mi imaginación.
Real, real como el Sol,
provocando reacciones
como la sensación de su calor,
iluminando sin cesar
como el brillo que irradia.
Real como ninguna otra cosa,
más real que el todo, que sus partes,
que cada porción que lo conforma.
Siendo el todo y más que el todo a la vez,
siendo sus partes, siendo la nada,
siendo el infinito, y el después de la eternidad.
Siendo los astros y los planetas,
la radiación en la oscuridad,
siendo el principio, y el final.
Porque no hay nada antes,
ni habrá nada después.
Porque sos el inicio:
comenzó todo en vos,
en vos y para vos,
por vos y siempre,
prolongándose,
escribiendo la historia,
única e irrepetible,
maravillosa, inolvidable,
que perdurará hasta que todo acabe,
en vos y para vos,
por vos y siempre,
porque sos el desenlace.
Y en el nudo me envuelvo,
-y a los hechos me remito-
porque es tu cuerpo
mi soga, mi anzuelo,
el lugar al que me sujeto.
Me ato, me introduzco,
me inmerso en el juego,
inmenso, intenso,
fuera de lo común:
juego en el que los dos ganamos,
uniendo los dos personajes
nos fusionamos, lentamente,
formando uno solo,
uno,
único e irrepetible
maravilloso, inolvidable,
que perdurará hasta que todo acabe,
en nosotros y para nosotros,
por nosotros y siempre,
porque somos el desenlace.