A veces no termina de comprender cómo es que, de un momento para el otro, siente apagarse una lucecita. No gradual. No es algo que va sucediendo. Algo simplemente la apaga. Queda allí. Sin brillo. Oculta e insignificante. No se ve, ya no resalta. Pero tampoco es igual a las demás. El resto aún brilla. Ella sólo es un defecto. Un cáncer que extirpar.
Y de repente, parece como si bastara una palabra para que reviva. Como un choque de electricidad haciendo fluir la energía a lo largo de sus filamentos, que incandescentes, vuelven a iluminar. Iluminan con más intensidad que antes, no como si una herida sólo se hubiese cerrado, sino como si hubiera sanado, cicatrizado, y desaparecido; y sobre esa región, hubieran salido flores: altas y bellas flores primaverales, símbolo del renacimiento y la fortaleza del crecimiento.
Ella crece a cada momento y nota cómo cambia los pasos. El avance en el juego se modifica constantemente y se sonríe al pensar en las posibilidades. Y aunque siempre una luz se quema, se apaga, se muere; posee la fortaleza suficiente, la esperanza de pensar que, repentinamente, el golpe energético llegará, y una renovada voz le hablará, desde dentro, masajeando suavecito su corazón.