Un silencio atravesado en la garganta. Tengo.
Respiro espaciadamente, como si quisiera tener control de uno de mis tantos signos vitales.
Intento decirle al corazón que no se acelere tanto.
Pienso.
Un susurro me interrumpe. Lo siento fuera pero está adentro. En mi cabeza. Atravesado.
Un silencio atravesado en la garganta, un susurro atravesado en mi cabeza.
Oigo un zumbido mientras se nubla la vista. Es la presión. Creo que está descendiendo.
Te veo de golpe en el parque. No estoy más en mi cuarto, estamos en el parque.
Cae el Sol. Hace calor. El día ideal.
No te suelto, ni me soltás. Y si nos soltamos sin querer, nos volvemos a encontrar.
Alguna parte de nuestros cuerpos debe estar entrelazada.
Observamos los pájaros sobrevolar el cielo. Tienen forma de aves. De repente, transmutan a puntos negros, más lejanos.
Estamos en silencio. Creo que te amo.
Una cotorra rompe una rama. La rama pesa más que ella, se nota, le cuesta mucho trabajo romperla, más aún llevarla. Pero lo logra, junta la fuerza, se va a su nido.
-Esa rama estaba verde.
-Quizá en el nido se seque lo suficientemente rápido para servirle de nido.
-¿Necesitarán ramas secas?
Nadie responde. No sabemos la respuesta. Quizá la imaginamos. No la decimos en voz alta. Seguimos en silencio. Confirmo mi creer. Esa pregunta sí que tiene respuesta.
Abrir los ojos en la habitación es atravesar un frío glacial. No quiero mirarme las manos. Ni mirar alrededor. No quiero percibir el entorno en el cual me reintroduje.
Cerrar los ojos es más difícil que nunca, porque no veo,
y si no veo no puedo seguir caminando,
ni mirando, ni viviendo,
ni oliendo, ni observando
ni latiendo, ni.
Pero a vos no te veo ni abriendo los ojos.
Y tengo ese silencio atravesado en la garganta.
No el silencio por elección... sino el silencio por sumisión.
Silencio que tengo.
Mil motivos para vivir. Maravillosos, que alegran e iluminan la existencia.
Será cuestión de tiempo tener el alma hecha una congoja.
Será que el tiempo se vuelva de papel y una lluvia de otoño inesperada lo encuentre desprotegido en el medio de la calle.
Me detengo en la senda peatonal y observo la perspectiva. El punto de fuga del asfalto, allí a lo lejos, abriendo sus ángulos hasta llegar a mí.
Y mi punto de fuga posterior al esternón. Me arde el epigastrio.
Trago saliva y vuelvo a jugar a controlar mis ventilaciones.
Formas de conscientizar la existencia.