Necesito que me dejen de preguntar si todo va bien. "¿Todo bien?" "¿Cómo estás?" "Comment ça va?" ¿Hay acaso algún momento, algún preciso momento de la entera vida, en el que todo vaya bien? ¿En el que absolutamente todos los aspectos de la vida se dispongan de forma tal que sean fuente pura de bienestar y placer y no nos generen ningún tipo de malestar? Me encuentro parada en la línea de tiempo mirando hacia el costado porque el pasado me lastima y el futuro no me lo puedo imaginar. Estoy parada en la cuerda floja sin entender muy bien si tengo ganas de seguir haciendo equilibrio o simplemente dejar que todo se vaya al reverendo demonio y el fracaso se haga parte de mí. Aunque, ¿realmente fracasaría? Si tengo una verdadera intención de arrojar las cosas por la borda, soltar el timón y dejarme llevar, ¿sería una derrota? Siento a la vida ponerme a prueba minuto a minuto, como si fuera un reality show. La finalista del concurso a punto de arrojarse a una pileta llena de escorpiones. Si lo hace, se gana un viaje a Australia con un acompañante, todo pago, un mes. ¿Qué sufrimientos valen tales recompensas? Hasta dónde arrastrar el alma, y detrás de qué. A quién darle las facultades, tener en sus manos un control, un poder sobre nosotros, nuestro ánimo, nuestra estabilidad. Necesito que dejen de preguntar si está todo bien, porque no todo está bien. La vida no es perfecta, nunca lo fue, ni será. Irradiar luz, ¿para qué? Existe la luminaria que provee el municipio. Ilumínense con eso. Yo quiero apagarme y que me dejen en libertad para hacerlo el tiempo que sienta necesario. Quiero rodear mis rodillas con mis manos y encontrar mi cara sobre mis muslos, mojándolos de llanto. Mientras mis brazos se aflojan y mis ojos se hinchan, enrojeciéndose, empezando a picar. Mis párpados se conviertennen bolsas de tejido adiposo y mi capacidad de enfoque se pierde tras la lámina serosa que se interpone entre mis córneas y el exterior. Me quiero dormir así, abrazada a mí, sin precisar otro abrazo más que el de mí misma. Como siempre lo hice, como siempre logré sostenerme, abrazarme, consolar mi llanto, dejarme vencer por el dolor y la tristeza, dejarme caer cuando mis piernas se dan por vencidas y ya no pueden mantenerme de pie. Dejarme arrojada contra el piso haciéndoles de alfombra a todos aquellos que me vean allí tirada y quieran caminar por encima mío. Derritiéndome en recuerdos, aborreciéndome por ser como soy, repitiéndome una y otra vez que mi sufrimiento estaba siendo generado por mí misma, y por nadie más que por mí misma. La congoja hecha persona, intratable, sin lugar a un consejo o insistencia de que me levante, me permita continuar, me proponga comprender. No comprendo, y no de nuevo, no puedo lograr comprender la falta de suerte, o la cantidad de pruebas y obstáculos que tengo que sortear en la vida hasta llegar a... ¿a qué? ¿Acaso sé qué es lo correcto, cómo debería ser, qué hay que alcanzar? Meta humana, incomprobable. Imposición cultural, educacional, no lo sé, no sé qué. Hay algo por delante que nos da miedo. Y el miedo, que tanto aborrecemos pero tan rápido nos posee, nos hace frenar en seco y cambiar de dirección. Pararnos en la línea de tiempo sin poder seguir hacia delante, hacernos a un lado y saltar. Romperla. Quebrarla por la mitad. Buscar la comodidad del hogar, nuestro cuarto a oscuras con una luz amarilla titilante de fondo, una de esas canciones que nos hacen llorar, una foto de ese rostro recordado, pequeño y hermoso, que solía besar en la frente, en las mejillas, en la boca, en la barbilla. El recuerdo de su voz y el sabor de sus labios. El brillo de sus ojos y la profundidad de sus abrazos. Todo eso convertido en recuerdo puro. Todo aquello que parecía quedarse conmigo, que en mi impunidad y egoísmo humano quería para mí y para siempre, pero ya no tengo ni siquiera de a ratos. Cuánto amor en mis manos, y dentro. Cuánto amor en mi cabeza derramándose sobre el río caudaloso, que se lo lleva lejos hacia algún lugar que desconozco dónde queda o cómo llegar. Cuánto, tanto por dar. Cuánto por decir. Tanto por amar.