Una noche en Chacabuco

Hacerse consciente. Efímera la realidad.
Se disuelve entre los dedos. La quiero sujetar y se escapa.
Te quiero sujetar y te disolvés. Vos. También.
No hay realidad. Ahora quizá sí.
Te veo a través de un espejo.
Estiro mis dedos. Los mismos que te sintieron desintegrar.
Quiero vomitar. Esta sensación me desconcierta. Siento una desconexión. Es mi alma siendo vomitada por mi cuerpo. Mis besos necrosándose en silencio. Perdieron la perfusión, el relleno.
Te siento, me siento. Desarmarse en un abrazo era tan fácil.
Sucumbo ante tu mirada. Está ahí presente.
Uno, dos, tres. Días seguidos. Brillas ante el contexto.
Veo tu cara y la distingo así cien caras iluminasen al lado. Veo tu cara y sonrío. Cómo no sonreírme si te amo. Cómo no amarte.
Amarte es tan fácil y sublime que brota. Surge.
Me distiende. Te siento. Nos siento.
Mi memoria me traiciona. Cierro los ojos.
Realmente te amo.
Quiero escribir que no, y no puedo.
Cuán difícil decirlo aquella vez bajo la luz de la luna azul, una noche en Chacabuco.
Cuán difícil decirlo si tu cuerpo me negaba. Y el ego tan aprehendido. Tan dentro de la estructura. No solloza, solo se retuerce.
Amo esa cara y tu risa desarmada. Amo la suavidad de tu piel y amo amarte más de lo que te puedas imaginar.
Aunque por momentos quisiera que, de una vez, respondieras. Tanto como yo. Pero sin dolor, ni arrepentimientos o resentimientos. Tanto como yo, que te amo como si no hubiera mañana.
Y mientras me abrazo a un recuerdo y lo absorbo en un intento por consumirlo. El último recuerdo de tu ser en mi sien. Desterrarte suena terrible. Pero lo hago porque amo amarme, pero perderte me hace morir. Perderte me hace entender que el corazón pide basta, de una vez y para siempre.