En el momento en el que ella comprendió lo que estaba sucediendo, ya se había hecho tarde. Sí, era tarde pero mucho no le importaba, porque había comprendido. Y eso era grande.
Caminar por esa calle no iba a ser lo mismo. Así son los sucesos. Así cambian la vida.
Detalles, pequeños, eventos fortuitos. El azar abriéndose paso en el flujo de energías entre su cabeza luminosa y quién sabe qué.
Ella camina, y la condensación de los aires acondicionados de los rascacielos le hace pensar que por ahí está lloviendo, por ahí regaron una planta o la vecina del quinto A de ese edificio anaranjado sobre avenida Córdoba dejó el lavarropas descargando y se fue a trabajar sin saber que el día anterior la columna se había terminado de tapar provocando una inundación sin control que pocos advertirían y quizá no modificarías la vida de nadie salvo la de ella y su piso de parquet, y del vecino de enfrente si es que el agua le llegó, y quizá la de abajo sufra la humedad del techo y que Alberto el portero trabaje doble para apañar las quejas y secar la escalera y tener más ganas todavía de que de una vez por todas le llegue la jubilación, pero la jubilación no sale y no tiene más ganas de trabajar pero tiene que seguir así es la rutina de cada día.
Y mientras tanto, mientras todo eso pasa, el alma de ella se alegra y regocija. Y sabe que esa calle es especial. Porque nada pasa desapercibido. Porque ahí es ella, sensible, iluminada. Camina y flota y paso a paso marca el camino sin saber exactamente qué recorrido, pero conociendo el destino a la perfección. Y la calle no será la misma. Y la calle será esa calle parar siempre porque ahí descubrió que lo que veía era especial y le pertenecía.
Y no habrá gota condensada que ahogue tal sentimiento. Ni aunque allí mismo se transformara el cielo en una tormenta de verano de esas que añora el campo y asusta a los pueblos bajitos. De esas que, por lo general, limpian el suelo, la tierra y el alma.
Pero su alma ya había crecido. Sentía, era. Real, aniñada. Pero sagaz, amazona, sedienta.
Alma resuelta pero en pleno descubrimiento.
Alma haciendo camino, sin apuros, tras el destino que busca alcanzar.