La sed no se calma.
No calma nunca.
Entre medio de tanto, busca algo que la detenga.
Pero no hay nada, porque todo ya pasó, ya fue, terminó.
El último fruto fue comido.
La última hoja cayó del árbol.
Se secó, en el suelo. Se rompió en pedazos de tantos que le caminaron encima.
No es más que una hoja rota y seca. No es más que lo que quedó de un vasto verano.
De esos en los que el Sol hace estragos con el alma de los enamorados.
De esos en lo que todo florece, pero nada es constante.
Lo efímero es simplemente una ilusión.
Ay, de los ingenuos...