El amor de mi vida.

Conocí a alguien. Es una persona increíblemente hermosa. Es la persona más hermosa del mundo. Es completa, es grácil. Está viva y me comprende. Me mira siempre. Me escucha siempre. Y cuando digo siempre, incluyo también aquellas veces que no quiere mirarme ni escucharme... y la obligo. Una persona tan maravillosa no debería pasar por ese martirio. Pero yo la obligo porque soy cruel y egoísta. Le grito porque no me quiere escuchar y me escucha igual. Me atrevo a golpearla para que me mire. Rompo en llanto para llamar su atención y se atreva a mirar. Y nos destruyo porque no tengo otra cosa que hacer que crearle un drama nuevo. ¿Por qué? No lo sé. Ni siquiera yo lo sé. Tan sólo a veces me comparo con un pasado que hubiese preferido que no exista. Pero existió, y yo, en vez de taparlo y dejarlo enterrado, lo revivo todo el tiempo. Soy una dramática frustrada, ¿a quién quiero engañar? Si busco condimentar los días y termino dejándole hematomas en la piel. En esa piel... ¿cómo dañar esa piel? ¡Esa piel! Hermosa, cristalina, perfecta. Tan suave, tan brillante. Desprende un aroma tan ideal que se me duerme la nuca de sólo olerlo. Y no lo comprendo, no comprendo por qué tiene ese poder en mí. Y temo, tengo miedo de que tenga ese poder en alguien más que en mí. Entonces me acerco y le pido que me desnude, que me mire, me toque y me haga el amor. Porque no quiero que se marche. Porque se quiere marchar y le digo que se quede. Porque se tiene que marchar y aún así le pido que se quede. Y me ato en él, me sostengo con toda mi fuerza; no lo suelto, no lo dejo, no se va, no. Hoy no, no ahora, no así. Y grito, y lloro, y le digo que no me deje, que no se vaya. Lo repito una y otra vez, y parece irse, y lloro más fuerte, grito más fuerte, lo golpeo más fuerte. Y descubro lo que estoy haciendo y me lleno de miedo, me lleno de temor: no me reconozco, no soy yo, estoy enloqueciendo. Y repito que quiero morirme, porque en esos últimos momentos me perdí, me perdí por completo, me fui del mundo. Mi mente macabra se encargó de dibujarme todo: me contó una historia de cómo sería que cruce esa puerta y no vuelva nunca más, cómo sería hablarle y que no conteste, llamarlo y que no atienda, tocarle el timbre y que no me quiera ver. Me contó cómo sería no volver a besarlo, no volver a abrazarlo, no volver a tocarlo, no volver a amarlo. Me contó cómo serían los días sola, cómo serían las noches sola, cómo sería la vida sola. ¿Posible? Sí. Claro que es posible. Claro que se puede. Pero no lo quiero. No quiero una realidad en la que su nombre no sea sinónimo de mis sonrisas. No quiero una vida en la que no pueda mirarlo, sonreír, acercarme hasta rozar nuestros labios y susurrar un "te amo" mientras nuestras frentes se presionan. No quiero una vida en la que no pueda mirarlo, y sin hablar, besarlo hasta terminar haciéndolo mío, haciéndome suya, haciéndonos nuestros. Eso es lo que quiero para mí. Lo supe desde que lo conocí aunque temí no lograrlo, pero lo supe. Lo supe y lo quise. Y luché. Y retrocedí, pero avancé luego. Quizá avancé tardé, o decidí mal en ciertos momentos, pero lo quise desde ese día. Ese día en el que conocí a alguien. Una persona increíblemente hermosa, la más hermosa del mundo; completa, grácil, que estaba viva y me comprendía. Quizá algo rota, desarreglada, desarmada, pero era completa para mí. Me completaba a mí. Era lo que necesitaba. Era el amor de mi vida.