No sabe si prefiere el silencio o las palabras. Realmente no sabe qué es lo que más lastima. Ni siquiera sabe por qué siente que está lastimada. Sólo se limita a expresar lo que le sale y no hablar de más. Siempre habla de más. Siempre dice algo que no tiene que decir. Siempre pregunta cosas que no debe. Porque siempre se va del camino, se le sale la cadena, se descontrola. No es comprensiva ni tolerante. Está llena de espinas, imposible saber cuándo va a estallar y lanzarlas alrededor. Imposible saber cuándo va a atacar. Imposible saber cuándo va a lastimarlo. A la defensiva, se ataja todo el tiempo. No es paciente ni mucho menos perfecta. Es humana y odia su condición de humana. Odia tener que ser luz y oscuridad a la vez. Porque la oscuridad se le escurre entre los dedos de sus manos, y cuando la envuelve por completo, se asusta y llora. Desesperada, corre por el túnel y no ve las salidas. Se pierde. Como siempre. Se pierde y se vuelve a perder. Todavía no descubrió cómo se sale. Días ya pasaron, y aún no lo descubre. No sabe para dónde mirar. No sabe por dónde arrancar. Simplemente se queda allí, perdida, esperando el manotazo que recoja el velo negro y lo elimine por completo. Esperando sus ojos, para que le alumbren la salida.