Después de haber entendido lo que era la polinización, preguntó:
-¿Y qué pasa si se muriesen todas las abejas? ¿Qué sería de las flores?
Y comprendió en un hecho tan simple e intrínseco de la naturaleza que esa especie de simbiosis la sufría todo ser que algún día experimenta el amor puro y sincero. Esa dependencia tan real y consciente que se manifiesta con sólo despertarse en la mañana sabiendo que nos soñamos. Esperando las palabras que deseen un buen día o la conversación que inicie con un "¿cómo estás?". Y de esos sinceros, de esos que quieren saber dónde estamos, cuándo volvemos a casa, si estamos seguros, si comimos, si pasamos frío o tenemos calor, si tenemos miedo o estamos felices, si lloramos, si nos enojamos, o si estamos tristes por alguna razón. Esos deseos de "buen día" que envuelven un millar de "ojalá"s: ojalá llegues a tiempo, ojalá no esperes mucho el colectivo, ojalá te vaya bien en el examen, ojalá tus profesores no te jodan demasiado, ojalá llegues a tu casa y tus mascotas te reciban saltando, ojalá tu mamá te haga un almuerzo de tu agrado, ojalá tengas un ratito para una siesta calentita, ojalá te acuerdes de mí y me mandes alguna frasecita. Y así pasa el día, así transcurren las horas, así se desean los deseos deseados. E impreso en la mente un nombre determinado, pensando en cada momento si está teniendo un buen día, si está bien, si está abrigado. Impreso en el alma el último beso dado. Impresas en la piel las caricias del domingo. Inserto en la nariz el aroma de su piel. Conservando el sabor del café de la merienda, y la imagen de su sonrisa tras la extensa carcajada que liberó cuando dijo alguna idiotez. Quizá así deba vivir, conservando esos recuerdos sensitivos en cada región de la memoria. Cuidándolos y mimándolos con cuidado para no perderlos ni lastimarlos. Esperar en silencio y sonriendo recordando, así mientras pasa el día, así mientras transcurren las horas, así mientras se desean los deseos deseados. Así, "buen día" en silencio. Así, "cómo estás" en silencio. Esperando el reencuentro. Esperando el momento perfecto para verlo y recrear nuevos recuerdos. Imprimirlos en los sentidos. Disfrutar de su compañía para luego volver a la extrañeza, pensándolo todo el tiempo, presente en su mente. Y otra vez, el silencio. Y otra vez, la espera. Así, prolongándose en el tiempo, esperando el vuelco.