Y en su costumbre de besar suavemente la frente, suave como en una nube, flotando como algodón, casi sin cuerpo, sólo etéreo en el aire, pudiendo atravesar todo aquello que alguna vez quisiera haber logrado atravesar en el pasado; en esa costumbre, el cuerpo quiere depositarse. Permanecer y dejar huella. Desea dejar una huella pequeña, y volver a depositarse nuevamente. Y otra vez, y otra vez, y otra vez...
Pero en el transcurso: seguir el vuelo. Seguir los girones. Flotar lentamente virando hacia delante y hacia atrás, meciéndose en el viento. Tomar las manos, mirarlas, besarlas, y esperar sujetarlas como realmente desearía. Mientras tanto, en la espera, sigue su dulce vuelo. Danza, aérea, y en una cuna de pétalos se acuesta y cierra los ojos. Su dulzura se derrama sobre todos los débiles, carentes de amor, que desde abajo sólo miran y responden sonriendo. Ella sonríe también, sin saberlo. No fue cauta, sólo dejó soñar a su alma. Está soñando. Sueña y espera. Sueña y se enamora del silencio, sueña y se ilusiona, y sueña un nuevo encuentro, entre los lazos maravillosos de la vida.