La televisión estaba con el volumen al máximo, pero él no escuchaba nada. El último sonido de la puerta golpeando con tanta fuerza al ser cerrada lo había dejado sordo. Hacía unos segundos, ella había atravesado esa puerta. Se había ido, así sin más, enojada, gritándole barbaridades, culpándolo de sus desgracias. En realidad, él la había echado. Pero no le dijo que se vaya realmente. Le estaba anhelando que se quede. Porque hacía frío y era uno de esos días de invierno donde la soledad duele más sólo porque está frío. Uno de esos días donde ni la música llena. Porque el alma se congela y se queda allí, inmóvil, tiritante. Y desea poder no sentir, pero el frío no lo anestesia. Sólo se cuela entre sus huesos, estrangulándole el pecho, asfixiándolo. Está ido y congelado en el tiempo. Se le congelaron los pensamientos y los sentimientos. Está pasmado. Se fue y él no pudo hacer nada. No corrió detrás de ella. Sería una cuestión de orgullo, quizá. Pensó que funcionaría lo que siempre funcionaba a la inversa. Pensó que si le decía que se vaya, ella se quedaría. Como siempre que él se queda, por miedo a perderla. Como cada vez que ella le decía "andate", o "no me toques", para que él termine abrazándola y mimándola, aguantando sus golpes, su ignorancia y su frialdad. Malditos sean esos estúpidos arranques de histeria femenina reforzados por su estúpida tendencia a llamar la atención junto con su estúpida afición a dramatizarlo todo. Drama hasta en el más mínimo detalle. Drama hasta cuando todo andaba bien, porque ella necesitaba el drama, lo necesitaba para tener una excusa para ver a una amiga y tomarse un café en el bar de la esquina de la facultad. Una excusa para que la abracen mientras lloraba, repitiendo una y otra vez lo infeliz que era por su culpa. Y sus amigos sólo le decían que salga a divertirse. Y cancelaban la cita del sábado a la noche, cuando él le enviaba un mensaje de texto a las once de la noche preguntándole qué harían, si saldrían como habían arreglado antes de esa pelea tonta. Y ella sólo le responde que no, que no podía, que ya había acordado con "las chicas". Esas, "las chicas", esas mismas pseudoamigas que criticó frente a él, innumeradas veces. Esas imbéciles, esa que tiene un herpes porque es una regalada que anda con cualquiera, o esa que se hizo el alisado porque tiene unos rulos horribles, o esa que es una cornuda tremenda y no lo sabe, o esa que está muy flaca porque es una anoréxica asquerosa, o esa a la que le salió un grano en la frente, o esa que está embarazada y "se cagó la vida", o esa que está teniendo éxito en su carrera y es "una comelibros"... Y así, así días y tardes y noches enteras de escucharla despotricar contra todos, él sólo mirándola, mirándola y escuchando sus palabras vacías, tan vacías, tan despreciables. Pero él sentía que la amaba y la escuchaba y la dejaba hablar, porque a ella le hacía bien, porque después de esa charla él recibiría un "ay, amor, gracias por escucharme, sos el mejor, te amo". Esas frases que no salían nunca por espontaneidad, que sólo salían cuando él hacía algo por ella, algo tan corto de sentido como escucharla mientras criticaba a medio mundo, pero nunca cuando le preguntaba cómo estaba o cómo venía su día. Nunca cuando le decía que se cuide del frío o que le deseaba una buena jornada laboral. Simplemente vacío, vacío todo el tiempo, vacío de sentimientos y de expresiones y simple compañía por costumbre o por conveniencia o por belleza o por el sexo o por quién sabe qué. Y se dio cuenta, se dio cuenta después de todo, que ese maldito frío y esa soledad tan abrumadora eran mejor compañía que la de ella. Porque en su soledad descubrió todos estos pensamientos, todo lo que le hizo descubrir que eso no estaba bien, que él no estaba bien, que su alma estaba sufriendo y que vivía por alguien que no daba nada por él. Se había inventado una relación en la cabeza, que sí, quizá alguna vez había existido, quizá cuando eran más chicos e inocentes. Pero ahora ya no era así, debería asumir los cambios. Las cosas habían dado un vuelco, El clima tenía que cambiar. Tenían que cambiar porque no era feliz, porque se había empecinado en mantener a su lado a alguien que parecía que hacía mucho tiempo que se quería ir. Pero parece que le gustaba el juego de llevarlo de las narices a todos lados. Así que decidió no llamarla. No hablarle ni saber cómo había llegado. No comunicarse para nada. Lloraba, lloraba porque la amaba a pesar de todo, pero ya no quería sentirse así, ya no quería saber más nada con esa persona, que había pasado de ser su pareja, a una desconocida. Ya no quería que existiera, quería que desaparezca, que se vaya para siempre.
Volvió a la realidad cuando de repente, escuchó su nombre. No era su mente. Era su nombre y apellido, completos. Lo volvió a escuchar, lo escuchó desde atrás suyo, lo escuchó desde la televisión. Vio las noticias. "Asesinato en Microcentro" decía el titular. "Murió al instante" decía más abajo. "Tenía 27 años" exclamó el periodista. "¿Un crimen pasional?" preguntó alguien, pero ya no logró distinguirlo, tenía la vista nublada. Le temblaba el cuerpo, las piernas, los brazos.
Observó sus manos. Estaban ensangrentadas.