El sonido de mi alma había sido insignificante siempre porque me decía qué era lo que estaba mal y yo decidía ignorarlo porque no me importaba. Era un sonido chillón que nunca cesaba pero a mí no me importaba porque no le prestaba atención. No me molestaba que estuviese presente porque cuando hacía las cosas mal me iba de mi cabeza y me olvidaba de que sonaba. Me iba largas horas y no me importaba irme porque era lo que quería: alejar ese sonido de mí. Se iba de a ratos para volver a invadirme los oídos de un momento a otro y necesitaba más para volver a aliviarlo. Porque sino no paraba y me ponía nerviosa porque hacía las cosas mal y seguía sonando. Porque no me importaba dejar de hacer las cosas mal pero quería que dejara de sonar y hacía las cosas mal porque lo alejaba momentáneamente. Nada lo tapaba ni lo callaba. No existía melodía ni acorde que sirviera de tapón. Era un círculo sin fin y ese ciclo me llenaba la vida porque mi vida estaba vacía y no había con qué llenar. Porque poco sentido había y poco sentido encontraba más que jugar a escuchar y apagar ese sonido que tanto me irritaba, que tanto me desesperaba. Era un sonido intrínseco a mí y hacía ecos por todo el cuerpo. Hacía ecos en mis pulmones y me los robaba y después en mi cerebro y después se apagaba y se volvía a prender. Y simplemente hacía oídos sordos y sonreía con falsa felicidad porque la plenitud no era real sino una careta para ocultar la realidad. Que no era feliz. Ni estaba completa. Ni oía los pájaros ni el ritmo del mar. No oía el viento ni podía escuchar las hojas de los árboles cuando se rozaban entre sí. Ni siquiera estas teclas que presiono para escribir. No oía nada más que ese maldito sonido que me acechaba a cada hora, porque las cosas estaban mal, porque las hacía mal, porque me gustaba hacerlas mal y me llenaban temporalmente.
Hasta que apareció una canción única que jamás había escuchado. No sólo era perfecta sino que sus notas parecían ser eternas. No tenía fin, ni tenía principio: parecía predeterminada a pertenecer a mi vida. Parecía hecha para mis oídos, para mis sentidos. La oí, la vi en el aire, la degusté con mis labios. La toqué y me hizo estremecer. La recordé, imprimiéndola en mi cerebro como una huella inagotable. Se volvió un recurso de vida. Un cáliz de oro puro con la pócima ideal para traerme la salvación. Fue ensueño y calor y cobijo. Fue un abrazo en el medio de julio y un beso en la frente que se fruncía. Fue un escalofrío que me erizó la piel y el terremoto que hizo temblar mi mundo. Fue una especie de alimento que se metió por mi boca para llenarme el interior. Se filtró por mi sangre y ocupó el corazón. La respiré, la canté, la narré. Le hice poemas a sus versos y a sus estrofas. Le dibujé unas sonrisas y otras se las regalé, sonriéndole, sincera, por primera vez. Le pinté las melodías y la hice bailar, para que se vuelva girones y me envuelva el cuerpo. La hice sonar. Sonó en mi alma. Sonó en mis adentros y tapó el sonido. Ese maldito sonido. Ese sonido inquietante que tanto me desesperaba. Lo tapó, lo mató y lo enterró profundo. Mató la sombra del alma que me tenía deshecha por dentro y por fuera. No más ira ni descontento ni tristeza. De vuelta la lluvia emocionaba. De vuelta cantaban los pájaros. De vuelta se oía el mar. Porque me dio las claves para ser feliz. Me dio el código que necesitaba. Los acordes para vivir. Para entregarme. Para amar.