Me vio y, apenas pasados unos segundos, me pidió que haga una excepción. Me lo pidió sin hablar y lo supe, como saben las cosas las almas cuando sólo con mirarse pueden comprender el significado de las miradas. Pero, ¿una excepción? ¿cómo hacerlo? Si nunca había actuado así. Era todo nuevo y no sabía cómo tenía que reaccionar. Él se acercó y me abrazó mientras se atrevía a meter su mano por mi espalda. Hizo contacto directo con mi piel, y por primera vez en mi vida me estremecí. Temblé, temblé como nunca antes. Tembló mi cuerpo entero. Sentí esa mano como si fuera un cable pelado deslizando electricidad sobre mí. Sentí ese aroma desprendiéndose de su piel avanzando hasta mi nariz como un gas mortífero. Sí, se metió en mi pecho y atravesó mis pulmones, alcanzó mis alvéolos, se introdujo en mi sangre, se esparció por mi cuerpo. Allí, en cada célula, su esencia envolviéndome. Mutando mi ADN para infectarme de él. Para meterse hasta lo más profundo de mi ser. Lo más pequeño. Lo más esencial. Allí estaba. Como una enfermedad. Y allí comprendí que había hecho la excepción sin darme cuenta. Que sólo con su petición había bastado, que simplemente bastó con mirar sus ojos, abrazarlo y llevar mi cabeza sobre su pecho para sentir su aroma y respirarlo profundo. Allí estuvo la excepción. Cuando decidí meterlo adentro mío como jamás lo había hecho en mi vida. Así debía ser. Él era la excepción. Era el ser hecho para mí. Y yo, la mujer para él. Únicos en nuestra especie. Destinados a coincidir en esa madrugada, sobre ese sillón. Destinados a mirarnos, abrazarnos, mimarnos y respirar, encadenándonos para siempre.