mirarse

Desde el silencio de una voz apagada se puede, quizá, apreciar aún más la belleza, sin necesidad de articular palabra. Con el simple fin de la admiración: el simple y magnífico fin de quedarse mirando como si nada más sucediera en el mundo, mirar por gusto y por vicio y por afición. Mirar y sonreír por la felicidad que provoca la posibilidad de mirar. Admirar en silencio y quizá rozar con la mano, con el dorso o con la palma, la mejilla de esa cara que observo. Es bellísima y me da ganas de seguir mirándola eternamente. Y casualmente cruza su mirada con la mía, tan fija en sus ojos, sus rasgos, sus gestos. Cruzar miradas es como un flechazo en el medio del pecho, pero no de esos que lastiman, sino uno que deja fluir el alma hacia afuera, engrandeciendo cada respiración y haciendo palpitar el corazón. Son nervios y fantasías mezclados con la pasión de ese momento, ese cruce de miradas que se imprime en la retina para albergar la memoria para siempre. Mirarse ambos con el simple fin de la admiración, el simple y magnífico fin de quedarse mirando como si nada más sucediera en el mundo, mirar por gusto y por vicio y por afición. Mirarse y sonreír, los dos, por la felicidad que provoca la posibilidad de mirar. La posibilidad de haberse mirado en ese preciso instante y encontrarse, el uno al otro, en la infinidad universal.