Le fluye la música por el alma e increíblemente se siente satisfecha de un momento a otro. Porque la música la llena y se siente completa de solo escucharla. Porque le trae recuerdos y miradas y quizá hasta la sensación que sintió cuando sucedió todo. Porque le eriza la piel y se estremece por todos lados. No son sólo notas, son como caricias, como besos, como abrazos. Sus canciones. Melodías. Introducciones e interludios. Letras... Siente como si la música fuera de ella, aunque también es de él, y quizá es la música de alguien más. Pero a ella la traslada y eso la hace feliz. Aún extrañando y necesitando, se traslada a través del tiempo y del espacio para instalarse, momentáneamente, en un recuerdo. Recuerdo lindo y lleno de vida, lleno de alma y amor, lleno de sonrisas y hasta llantos de emoción, pero recuerdo de verdad. Quizá de hace unos días, quizá de hace unos meses, quizá el primer recuerdo, quizá el último. Pero es uno de esos recuerdos increíbles que de sólo pensarlos la hacen sonreír. Sonríe porque sabe que los vivió y que quedan muchos por vivir. Así es que en esos momentos no teme (tanto). No se preocupa por el futuro y vive el presente disfrutando, recibe el mañana predispuesta. Y la hace feliz, la hace feliz y lo sabe, la completa y lo sabe. Él lo sabe, porque no es la música sola, no son sólo las notas: son como caricias, como besos, como abrazos. Sus caricias, sus besos, sus abrazos. La tocan por todos lados y se sonroja y cosquillea y carcajea. Sonríe porque es feliz porque él la toca y ella quiere que él la toque. Porque todo es maravilloso cuando la toca. Porque la toca y surgen las notas. Porque la toca y empieza a sonar. Porque se le llena el alma de emoción y le fluye música en el pecho aunque nada se oiga, aunque haya silencio, aunque se vuelva sorda. Música intrínseca de su alma, que se oye despacito y la va envolviendo hasta llenarla por completo. La música la llena. Y él es quien la provoca.