Iba a comenzar a hablar, pero decidió detenerse y formular su respuesta. Tenía que hacer una buena descripción. Creíble, poco idealista, real, bien mundana. Lo que querían escuchar los demás. Ese tipo de definiciones que, si estuviesen en una contratapa, llevarían a quien la lea a querer comprar el libro. Ese tipo de definiciones que no ilusionan sino que ubican en la realidad. Esas que parecen alcanzables. Esas que generan expectativas. Como un texto de autoayuda, un consejo de hermano, la palabra de un sacerdote.
Quería definirlo dejando de lado la subjetividad, sin irse a sus razones personales. La felicidad era algo intermitente en su vida. Se mostraba feliz a cada segundo, pero por dentro, un sinfín de virajes emocionales se contorsionaban y retorcían entre sí. Era cuestión de explicar la felicidad como un diccionario, sin describir lo que lo hacía sonreír a él, sin mencionar su nombre. ¿Cómo evitar pensar en ella si debía definir la felicidad? Si sonreía cada segundo que pasaba a su lado. Si era quien más le hacía reír. Carcajadas eternas entre caricias desnudas, piel con piel, abrazados en la cama. Horas y horas de miradas sinceras, lo único sincero de sus semanas. Esos días eran los días que él consideraba vividos. Y todo desde aquel hermoso y bendito día en el que cruzaron las miradas allí, en el medio de la clase. Allí ella, sonriente y gentil, simpática y real. Real como ninguna otra mujer que había visto en su vida. Ya no quería nada más efímero. Se había cansado del vacío existencial de las transitoriedades, todo breve, corto, fugaz. Y allí estaba ella, latiendo entre medio del resto. Cambiándole su vida para siempre. Porque a partir de ese momento así sería: ella, y el resto. Ese sería el mundo para él. Ella, y nadie más. Sus ojos como estandartes. Su sonrisa como bandera. Cómo no extrañarla cuando no estaba... Cómo no amarla a cada segundo. Cómo no desearla. Cómo no temer que alguien se la lleve... Ahí estaban estos sentimientos que no lo dejaban ser feliz. Y ahí estaba la razón de su felicidad, y de su infelicidad. Su presencia o ausencia. Su mano en la espalda, o su cama fría. Sus "te amo" en el oído, o el silencio de la soledad. El brillo y el aroma de su piel... o la oscuridad y el olor nauseabundo de la ciudad por la noche. Ella era su razón. Sus respiros. Sus latidos. Era la esencia de sus almas fundiéndose en un abrazo eterno, invaluable, incomparable...
No podía definir nada. Ya no podía pensar en nada más que en su cara. Su cara inundaba su mente. Recuerdos e imágenes. Momentos infinitos. Y un extrañar intenso que se incrementaba semana tras semana, descartando las horas, tachando los días, esperando el viernes por la noche, para dormir a su lado y amanecer mirándola, con ese semblante tan perfecto. No era amor, era más que eso. Más que felicidad. Más que plenitud. Era el todo. La vida misma. Su propia alma...
—¿Que defina "ser feliz"? Mire... le muestro una foto.