No es una historia de amor. Ojalá así lo fuera.

Perdí a mi mejor amigo. Hace cuestión de un mes. Pero no lo perdí físicamente. Él aún existe, el vive. Pero yo no existo para él. No pertenezco a su mundo. Decidió borrarme, decirme adiós. Como si hubiera desaparecido de la galaxia, como si se hubiese marchado lejos para no volver.
De vez en cuando escucho algo sobre él. Estoy atenta a las noticias, a veces, por si allí aparece.
Porque fue para mi como un hermano.
Fue para mi como un padre.
Fue para mi como un compañero.
Lo fue todo.
Y así como fue, ya no es más.
Se esfumó, se perdió entre la neblina.
No puedo verlo.
No puedo volver a preguntarle cómo se encuentra, qué le pasa.
Ya ni se si lo sigo conociendo. Pero la verdad es que lo extraño. ¡Y cuánto!
A veces miro las estrellas y lo recuerdo. Sentado a mi lado. Y siempre que escucho la lluvia, que huelo la lluvia, que siento la lluvia, lo escucho a él, lo huelo a él, lo siento a él.
A veces sonriendo.
A veces algo triste.
A veces feliz.
A veces llorando, cuando yo le recordaba que era mi amigo.
Pero no eran lágrimas lo que caían, no era agua salada lo que contra el piso se echaba. Era tan sólo dolor, dolor del corazón, dolor del alma.

Jamás cambió lo que yo sentía,
jamás olvide que era mi amigo.
Pero él no pensó igual que yo, no me quiso igual que yo, tan sólo diferente.
Me amó diferente,
me escuchó diferente,
me abrazó diferente.
Y lo que para mí era algo normal, para él pasó a ser especial. Y tuve que dejarlo, entre lágrimas, de un corazón dolido, que se echaba sobre la mesa ofreciendo sacrificio. Un corazón que se desangraba hasta perder su combustible, hasta dejar de latir. Un corazón que era enemigo del mío, discernía con el mío, discutía con el mío, se peleaba con el mío. Porque jamás sintieron lo mismo, porque si alguna vez se habían entendido ya no lo hacían, porque dos amores diferentes se habían mezclado para jamás ser homogéneos, sino agua y aceite, sino cielo y horizonte, sino río y mar; distantes, solitarios, juntos pero lejanos, perdidos en un vacío que jamás alcanzarían llenar, porque sólo se llenaban unidos, porque sólo eran plenos juntos, aunque ninguno de los dos había caído en la realidad: que eran dos almas diferentes, que contrastaban, que boxeaban en el ring, esperando derribarse entre sí.