Choices

Estaba claro que no era sorteado.
No era ni sorteado ni librado al azar.
No era ni sorteado ni predestinado.
Era cuestión de elegir. De seleccionar.
De tomar un camino. Por sí o por no. Por blanco o por negro. Por lo que está bien y lo que está mal (bajo nuestra concepción).
Pero así como hay quien elige con facilidad, hay (y cuántos...) quienes eligen sin elegir, los que cierran los ojos y señalan sin ver, deciden sin saber, omiten, no opinan. Sumisos, perdidos ante una neblina un tanto extraña, víctimas de la falta de conocimiento y fuerza; conocimiento para saber, fuerza para elegir.
Decisiones fallidas, generalmente, resultan de esto. Decisiones que no enseñan más que una falta de devoción por lo que se cree. Una falta de amor por lo que se piensa, se desea, se busca seducir. Una falta de noción de qué es lo que hay que seguir. Una falta de sentido para poder escuchar a ese pequeño, que nos grita, desde adentro, sus más profundos deseos, que nosotros -en infinitas ocasiones- descartamos, desechamos; tirados en el bote, esperando embarcarse en alta mar para perderse y arrojarse al mar, a ese océano de olvido que jamás será recordado.

Cuán sencillo, cuán hermoso, y cuán magnífico sería todo sí tan sólo siguiéramos el ritmo del corazón, ¿no?