dicha

Jamás sentí tanta dicha
como la que siento cada vez
que abro los ojos y veo
tu mano sujetando la mía,
tu brazo rodeándome el cuerpo,
tus pies entrelazando mis piernas.
Dichosa de despertarme a tu lado,
de dormirme respirando el aire que exhalás,
sentir el roce de la piel de tus mejillas
en mi hombro, en mi cara, en mi frente;
sentir el roce de la textura de tus labios,
tan suave y maravillosa, acariciándome;
sentir el aroma de tu cuerpo brotando,
tan tuyo, peculiar, único, especial.

Jamás sentí tanta dicha
y sonrío, siempre con el mismo motivo:
tu imagen en mi cabeza, mirándome.
Podría pasar una eternidad allí
inundada de tu mirada,
enterrándome en la profundidad
de esos ojos tan brillantes
que me hacen de lucero
en las noches más oscuras;
que me dan la valentía
para sonreír frente a todo;
que me fuerzan a aguantar
contra viento y marea.

Jamás sentí tanta dicha,
y dichosa soy de sentirme así.
Dichosa de tenerte formando parte,
dichosa de saber que existís,
dichosa porque estás en mi mundo.
Dichosa porque sos ese todo,
el complemento exacto, la pieza esencial,
el sustrato fundamental.
Dichosa de vivir la vida con vos,
amándote a cada instante,
sin freno... ni intenciones de frenar.