Hay momentos en la vida, momentos inesperados, momentos que parecían ordinarios y comunes, iguales a cualquier momento; hay algunos de esos momentos que se convierten, como si nada, en momentos únicos. De repente, una serie de sucesos se desenvuelven, cada uno como causa del efecto que le sigue, y como efecto de una causa inicial. Así, la sucesión concluye en un hecho. A veces, normal. En otros casos, increíble, crucial, y trascendental.
Algunos les llaman destino. Hablan de una predestinación: La vida está escrita, y nosotros somos sujetos llevándola a cabo, transitando esta historia.
Quizás sí esté escrito. Quizás estemos destinados a algo, y el fin sea conocido por entidades abstractas, ajenas a nuestro conocimiento, a nuestro raciocinio.
O quizás no lo esté. Y ese "destino" sea una obra creada segundo a segundo, fruto de las decisiones que llevamos a cabo. Que sea una escalera hacia el fin, hacia la razón de ser, transitada escalón a escalón. En cada escalón, una bifurcación: cada bifurcación, tomando una nueva escalera. Y allí, atorados, parados: nosotros, decidiendo y eligiendo. Subiendo escalones continuamente, escogiendo el camino; no el camino más correcto, sino hacia el que apunta el corazón. Aún sea por un sentimiento de amor, por un impulso, o por la mera energía que inunda el alma cuando se siente atraída a un camino particular.
Así, hace tres meses, en un momento inesperado, una acción desinteresada concluyó con el conocerte. Conocerte prosiguió con compartir. Compartir provocó quererte. El querer creció. La vida me unió a tu alma. Y te amé. Te amé desde lo más pequeño, para amarte desde lo más inmenso. Para amarte. Así.
Concluyo en que fue el momento más hermoso para mi vida. Porque derivó en esto que tenemos. En amarte. En tenerte a mi lado. En ser razón para sonreír cada mañana. Sonreír al verte. Desesperarme al besarte. Desvivirme por amarte, y por sentir tu amor en cada instante.
Te amo con toda mi alma.
