Toma mi mano y me lleva a correr.
Corro con gusto, y río también.
La noche oscura sólo ve la luz
en la Luna y los faros que encienden la calle.
Es una aventura, salimos al ruedo.
Seguimos corriendo, seguimos riendo.
Le miro los ojos, suaves, brillando;
brillan con la Luna, brillan con los faros.
Sus ojos iluminan los míos.
También la calle, también el recorrido.
Sin saber dónde voy, aún así camino.
Su presencia convierte el miedo en coraje.
Su mano me ataja y me lleva a animarme.
A su lado es fácil, todo se hace fácil.
Nada me asusta, sólo me arriesgo,
así como lo hice aquel primer día
cuando me arriesgué a sentir su calor,
cuando descubrí en su cuerpo la morada más hermosa,
el lugar donde pertenezco,
donde no existen fobias,
donde no hay temores,
sólo euforias multicolores,
sólo este amor sin controles
que crece y crece cada vez más.
En mi mano, su mano.
Corriendo vamos.
En el medio de la calle se detiene.
Bajo la Luna, me mira.
En un tirón, me atrae hacia él.
Allí, parado frente a mí,
me abraza tiernamente.
Besa mis labios,
acaricia mi espalda,
y así... soy plena.