Aún recuerdo el momento en el que ambos queríamos desaparecer. Recuerdo tus palabras, recuerdo las mías. Sentirnos tan etéreos. Sentir que no éramos. Que, transparentes, sólo vivíamos atravesando. Sin sentir. Sin gozar. Sin vivir.
Recuerdo decirte lo mismo que me decías. Éramos tan reales para otros, y no podíamos ni siquiera creer en nuestra realidad.
Todo era sombras.
Todos títeres.
Marionetas de una obra.
Actores de una escena.
Sólo intérpretes.
Viviendo a través de un personaje.
Queríamos desaparecer, sin poder encontrar nada. Pero desconocíamos, al encontrarnos, que habíamos aparecido en el mismo lugar, donde no había más nada. La misma dimensión, el mismo espacio, en un tiempo particular. Allí ambos, los dos, sin buscar nada, sólo viéndonos.
Y luego de vernos, reconocernos.
Reconocer el sueño. Reconocer las ganas.
Reconocer tu cara entre el resto de las caras.
Tu cara, aquella que en sueños aparecía constantemente.
Me besaba la frente.
Y meciéndome sobre tu pecho
me presentabas un mundo nuevo.
Un sueño hecho realidad.
Mi vida para vos.
Mi cuerpo y corazón.
Mi alma entera.
El sueño se materializaba en este amor tan inmenso.
Sólo lo dejé ser... y aquí estoy hoy.
Amándote desde lo más profundo de mis huesos.