Me ordenás lo desparramado.
Disminuís mi entropía interna.
Me equilibrás, y llenás de amor cada hueco.
No podría elegir a nadie más.
No podría llegar a olvidar
los ojos esos que hoy me dan luz.
Después de mil años
aún los recordaría:
pardos y brillantes;
fluyendo colores
a través de mí,
como rayos,
como arcoiris;
surcando el cielo,
un poquito de sol:
marquita de esperanza
tan linda y particular
que colorea las nubes
después de llover.
Secaste mi lluvia
y la volviste color.