un día de tormenta

Es como un día de lluvia.
Un día de cielo celeste.
De pronto, inesperadamente
se ve nublarse.
Se nubla levemente,
se nubla su mayor parte
y se cubre por completo.
Las nubes aún claras
dejan pasar la luz.
Pero ellas se oscurecen
como si se pudrieran.
Mayor oscuridad,
mayor negrura.
Es un gris el celeste,
esponjoso y denso,
inatravesable gris.
Allí queda, allí dura,
gris, casi que negro,
tan lleno de agua:
aún sin precipitar
cargado con fuerza,
rayos y centellas,
listos para sacudir
para iniciar la tormenta.

Y de pronto...
una leve ráfaga,
una falta de calor,
un choque feroz:
y precipita,
descarga,
y cae.
A veces cae, y sana la tierra.
A veces cae, y rebalsa el río.
A veces cae, e inunda el camino.
A veces cae, y destruye todo.
Pero cae, y se libera.

Se libera... no se borra.
La huella de la lluvia, persiste.
La humedad se impregna.
Quizás más, quizás menos.
Pero va impregnándose.
Acumulándose...
ennegreciendo.