De la nada,
como si nada,
se levantó viento.
Y se arrojó allí,
dejándose llevar
por la ráfaga furiosa
que ese día surgió.
Se ató de sus ojos,
y conoció la adicción
al probar el rocío
que su boca derramó.
Le tomó la mano
y conoció placeres
que nunca antes
había imaginado.
Corrió a su lado,
jugando y riendo,
volvió a ser una niña
y sintió la adrenalina
y la magia del amor:
mariposas en la panza,
la piel se le erizó.
La puesta del Sol
jamás volvería
a ser la misma;
no desde el día
en que la vieron
juntos, allí sentados
aquella tarde.