Por el camino, voy.
Pensando estoy.
Pensando en tu voz.
De repente, de la nada,
ese sonido se convierte:
tu imagen en mi mente
reproduce mil recuerdos.
Y de pronto,
inundada imaginando
estar viendo tu mirada,
comienzo a elevarme
lentamente del suelo.
No camino,
no me canso,
no me esfuerzo,
sólo me suspendo,
sólo floto,
sólo con mirarte.
Abro las alas,
esas que vos me cosiste
tan dulcemente
sobre la espalda.
Se despliegan gráciles,
blancas y puras,
translúcidas, suaves,
livianas e ideales.
Emprendo el vuelo,
las agito, riendo;
siguiendo instrucciones
que una vez me diste:
el manual para saber,
para aprender a volar.
Vuelo y subo al cielo,
y en el Sol brilla tu luz;
a punto de amanecer,
sigo el vuelo, y en un sueño,
tu alma color azul
se plasma en el alba.
Siento tu mirada,
siento tu manos,
me estás sujetando.
Creo en vos,
y cierro los ojos
para aterrizar.
Caigo sobre vos.
Los abro y allí estás.
Me besas despacio,
apoyándome en el suelo.
Me das un envión,
un leve empujoncito:
y otra vez, a volar.