Vos que pedías dormir... Yo insistía. Era temprano, pero el día todavía no había comenzado.
-Hoy es, aproximadamente, un minuto y algo más que ayer... Ya casi.
Subí esas escaleras de dos escalones en dos. Vos me seguías atrás, algo desorientado.
Salí a esa terraza, cerré los ojos, respiré hondo.
Llegaste detrás mío.
Apoyados en la medianera, miramos al horizonte.
Quizás hasta algo incómodos, apenas conocidos... Pero allí, juntos, esperando.
-Ya viene... 
Un pequeño reflejo amarillento iluminó el mar. Comenzó a elevarse, despacio, de a poco, emergiendo de esas aguas, hacia arriba, dejando todo en segundo plano. Ya no era mi alma en mi cuerpo, sino un alma de fiesta, salida de adentro, bailando a mi alrededor, repleta de ese brillo maravilloso, de ese símbolo para mí de vida y energía.
Mencione, quizás, alguna cursilería... Pero era lo que sentía. Que era hermoso.
Quizás hasta me animé a tararear algo y a cerrar los ojos y respirar hondo otra vez, pero esta vez delante tuyo.
Y te miré, te sonreí.
Y seguimos mirando ese nacimiento.
Nacía el día...
Y nacía algo más.
Ambos lo sabíamos, y no nos atrevíamos a comentar.
Quizás hasta era demasiado pronto, y no entendíamos cómo funcionaría.
Pero allí estábamos.
Juntos.
Siendo testigos de un nuevo amanecer.