Mi última voz

He estado varios días intentando hallar la forma
de poder, finalmente, confesar mis pecados.
Parecería como si fuera más difícil
reconocer que lo hice, que realizarlo.
Debo ser sincera: confesaré que mentí.
Confesaré que aunque no me gusten las mentiras, mentí.
Traicioné la verdad que su alma creyó
infinitas veces,
con los ojos vendados,
ciegamente.
Pero la verdad es que
si afirmo mi mentira,
no creerán el resto.
Si una vez fue hecho,
¿Por qué no lo repetiría?
Pero no puedo mentir.
Sólo fue una vez.
Sólo quise defender ese alma.
Un alma que conocí entre sábanas y humo,
y que luego se deslizó hasta encontrarse con la mía
para así darle forma a esa luz que nos iluminó.
Y le mentí.
Me sentí obligada.
Pero debe saber que...
Mi única mentira fue
mi última voz.
Entre todas esas
palabras
frases
y miradas
que luego de compartidas se perdieron
en las nebulosas de nuestras mentes,
tuve que mentirte en el final.
Una mentira con un fin: rescatar al alma de la situación a la cual sería condenada
si seguía afirmando esa intención
cuando la realidad otra cosa demostraba.
Y sí...
Detrás de esa mentira,
de esa última frase dicha,
de esa única porción de engaño que salió de mi boca,
se escondía mi mayor deseo:
Lo que realmente quería.
Lo que anhelaba con su ser.
¿Qué hacer? Ante un conflicto de intereses
en la estúpida relación corazón-razón
entre lo que se debe,
lo que se quiere,
y lo que se siente.
Y por más que anhele sentir,
simplemente no siento.
Y debería sentir,
pero no puedo,
finalizando así en un amor inventado,
producto de una mente convencida
y un amor movilizado,
pero por la razón creado,
no surgido "por que sí".
Y no podía someterte a eso.
Porque, ¿cuánto dolor serías capaz de albergar,
si te arriesgara aún más,
intentando hacer real ese amor
que sólo nos entrelazaría más?
Quedarias reducido a cenizas.
O quizás,
en un giro impensado de la posibilidad,
terminase en una fusión de dos almas
que en las tardes de arrojarían
entre pasto y sonidos musicales
a hacer vida del amor.